El motor sobre el fregadero

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Antes de que Henry Ford llenara titulares, Clara Bryant Ford ya había apostado todo por sus experimentos. En 1891 dejaron la granja y se mudaron a Detroit. Él empezó a trabajar de noche para la Edison Illuminating Company por cuarenta dólares al mes. El resto del tiempo lo gastaba en estudiar motores de gasolina. No tenían dinero, no tenían contactos, no tenían nada. Salvo la certeza de Clara de que aquel hombre llegaría a alguna parte.

La víspera de Navidad de 1893, Henry montó uno de sus primeros cacharros en la cocina de casa. Clara se colocó junto al fregadero y fue vertiendo el combustible con cuidado mientras un pequeño motor tosía durante menos de un minuto. Aquello no impresionó a nadie. No salió en los periódicos. Pero bastó para que ambos supieran que la idea funcionaba. La revolución del siglo XX se encendió sobre una pila de platos.

Primero fracasos, luego…

Durante tres años más, Henry siguió probando con amigos y compañeros. En junio de 1896 apareció el Quadricycle: cuatro ruedas de bicicleta, un asiento, un motor de dos cilindros y un sistema de correas y cadenas. Era frágil, ridículo, casi un juguete. Y cuando intentaron sacarlo del cobertizo de Bagley Avenue, descubrieron que la puerta era demasiado estrecha. Tuvieron que tirar el marco y parte de la pared. El futuro no cabe en los espacios pensados para el pasado.

El Quadricycle no lo cambió todo de golpe. La primera empresa de Ford fracasó, y después vinieron más tropiezos. Hasta 1903 no fundó la Ford Motor Company. Durante esos años de incertidumbre, Clara no soltó la mano que sujetaba el volante. Se mantuvo firme mientras el mundo todavía no sabía pronunciar el apellido Ford.

Décadas después, Henry lo confesó sin rodeos: «Le atribuyo a mi esposa, más que a cualquier otra cosa, todo lo que pude llegar a realizar». Y añadió que el día más importante de su vida fue aquel en que se casó con ella. Detrás del automóvil que transformó el siglo XX no hubo un genio trabajando de noche: hubo una mujer vertiendo combustible sobre un fregadero, convencida de que la idea merecía la pena.

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