Domus e insulae: así vivían (y sufrían) los romanos, entre el lujo y el hacinamiento

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En la Roma antigua, tu casa hablaba de ti antes que tu propia toga. Si tenías pasta, vivías en una domus de esas que te entra el sol por el atrio, con un jardín rodeado de columnas —peristilo, que llamaban los listos— y suelos que besabas con los ojos porque eran puro mosaico. Cada rincón olía a poder y a buen vino.

Y si no tenías ni para el alquiler, te tocaba hacinarte en una ínsula, esas colmenas humanas de varios pisos donde el vecino de arriba te caía por la noche, las paredes eran de cartón piedra y el ruido de la calle te levantaba más temprano que el gallo. Dos mundos, una misma ciudad, el lujo por un lado y la precariedad por el otro.

La domus no era una casa, era una declaración de intenciones. El tablinium era el despacho del amo, donde cerraba negocios y recibía al que tenía que besarle el anillo. El triclinium, el comedor para los banquetes, donde la gente comía tumbada —sí, tiraos en unos divanes como si tal cosa— y se atiborraban de faisanes y ostras. Los suelos, auténticas obras de arte en mosaico; las paredes, llenas de frescos con dioses desnudos y héroes matando bichos. No se trataba de vivir tranquilo, sino de gritar a los cuatro vientos: «Aquí mando yo y me sobra el dinero».

La otra cara de la moneda

Pero la otra cara de la moneda eran las insulae. Edificios alzados sin más regla que no caerse pronto, con tabiques finos como obleas y escaleras de vértigo que daban miedo hasta a los suicidas. Allí vivían los currantes de Roma: artesanos, tenderos, escribientes y toda esa gente que hacía que las ruedas del Imperio no se pararan. Cuatro paredes, una ventana si había suerte, y el fuego como peor enemigo, porque con las velas y las cocinas de carbón, cualquier descuido mandaba la casa al carajo en menos de lo que canta un gallo.

Eso sí, en lo que coincidían ricos y pobres era en el follón callejero. La casa romana daba a la calle, y la calle era un hervidero: vendedores ambulantes que no paraban de gritar, carros que traqueteaban, niños correteando entre los pies de los adultos, algún borracho poniendo la nota discordante. Las insulae de los barrios populares eran un no parar, pero hasta las lujosas domus tenían su vestibulum abierto al mundo porque al romano le gustaba la calle. La vida pública y la privada se daban la mano, se tiraban del pelo y al final se iban juntas de copas.

Así que ya lo sabes: Roma no se construyó en un día, pero sus casas contaban en cada ladrillo la desigualdad de un Imperio. El rico en su domus con peristilo y esclavos que le abanicaban, el pobre en su ínsula con goteras y un colchón de paja. Pero todos desayunaban pan mojado en vino, todos escuchaban los mismos cotilleos y todos, tan distintos, formaban parte de la misma gran locura llamada Roma. Porque aquí, abajo, las paredes hablaban. Y vaya si hablaban.

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