El cuento de la rotura o el hábito de la corrupción

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Por Patxi Morales ()

Santa Clara.- En la comunidad Julián Grimau, en Yabú, Santa Clara, los vecinos han perdido la cuenta de las noches en vela. No por insomnio, sino porque todas las noches, puntual como un reloj maldito, la corriente eléctrica se va entre las 4 y las 8 de la tarde. Llevan más de treinta días con el mismo ritual: la luz se apaga, la oscuridad se instala y la única respuesta que obtienen al llamar a la Empresa Eléctrica es la misma palabra mágica: «rotura». Una rotura que, casualmente, ocurre siempre a la misma hora, como si los cables tuvieran un compromiso diario con el apagón.

Porque en Cuba, la mentira se ha convertido en el único servicio público que funciona sin fallas. Los funcionarios de la Empresa Eléctrica, esos mismos que cobran sus salarios a fin de mes sin importar si la luz llega o no, han encontrado en el término «rotura» el comodín perfecto para no dar explicaciones. ¿Una rotura que se repite treinta días seguidos a la misma hora? Eso no es una avería, es una burla. Pero en el lenguaje del régimen, la burla es moneda corriente: te mienten en la cara porque saben que no hay quien les pida cuentas.

Y mientras los vecinos de Yabu se quedan a oscuras, sin poder cocinar, sin poder cargar sus teléfonos, sin poder proteger a sus hijos en la noche, los directivos de la empresa eléctrica siguen durmiendo tranquilos en sus casas con aire acondicionado. Porque la electricidad no se apaga en sus barrios. La luz solo falta donde viven los que no importan, los que no tienen padrino, los que no pagan el soborno adecuado. La corrupción no es un accidente en este país: es el motor que mueve hasta los apagones.

Los dirigentes blindados

No nos engañemos: esto no es un problema técnico. Es un problema de prioridades. El régimen castrista ha demostrado una y otra vez que prefiere invertir en blindajes para sus líderes, en viajes al extranjero para sus burócratas y en fiestas para sus amigos, antes que en garantizar un servicio básico a su pueblo. Los apagones programados son la cara más descarada de un sistema que ha convertido la negligencia en política de Estado. Y cuando el pueblo reclama, le responden con un cuento de camino que ya nadie se cree.

Pero lo más indignante no es que haya apagones. Es que los haya todos los días a la misma hora, sin que nadie mueva un dedo para solucionarlo. Eso no es un fallo, es un mensaje: «Ustedes no importan». La Empresa Eléctrica sabe que la excusa de la rotura es ridícula, pero la repite porque sabe que no hay consecuencias. No hay fiscalía que investigue, no hay periodista que pregunte, no hay oposición que exija. Solo el silencio cómplice de un poder que se alimenta de la miseria ajena.

Exigimos, como bien dice LMS Reporta, una respuesta honesta. Pero sabemos que no llegará. Porque en Cuba, la honestidad es un lujo que el régimen no se puede permitir. Mientras tanto, los vecinos de Julián Grimau seguirán encendiendo velas, los niños seguirán haciendo las tareas a la luz de un farol y los apagones seguirán siendo la metáfora perfecta de un país que se apaga a sí mismo, noche tras noche, mientras sus dueños siguen viendo la vida a todo color.

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