El imperio que se perdió por una vocal

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Alejandro Magno conquistó medio mundo, derrotó imperios, cruzó desiertos, se casó con princesas persas y fundó ciudades como quien deja migas de pan. Pero el muy genio, con todo su talento para la guerra, no tuvo la delicadeza administrativa de dejar un testamento claro. Y cuando se fue al otro barrio en Babilonia, en junio del 323 a. C., dejó tras de sí una pregunta que era una sentencia de muerte: ¿quién se quedaba con el pastel? Sus generales, sus amigos, sus rivales y sus futuros enterradores políticos esperaban una palabra, un gesto, una señal. Naturalmente llorarían al rey, faltaría más, pero sobre todo querían saber quién heredaba aquel imperio imposible.

Y entonces, según Diodoro de Sicilia, Alejandro soltó la frase más bonita y más peligrosa de la historia: «tôi kratistôi», o sea, «al más fuerte». Una sentencia magnífica para una tragedia griega y pésima para una sucesión política. Porque aquello no era un testamento, era una invitación a la pelea de gallos. Cada general se miró al espejo y pensó: «pues obviamente yo». Y así empezó el festival de puñaladas conocido como las guerras de los diádocos, palabra elegante para decir: los antiguos compañeros de Alejandro convirtiendo su cadáver en una escritura de propiedad.

Pero aquí viene lo bueno, lo que pone los pelos de punta a cualquier amante de la historia: ¿y si Alejandro no dijo «tôi kratistôi», «al más fuerte», sino «tôi Kraterôi», «a Crátero»? Una vocal, amigos, una maldita vocal. Una diferencia fonética mínima y un resultado político gigantesco. Una habitación cargada de fiebre, miedo, ambición y sudor imperial, y el nombre de un hombre convertido en una sentencia abierta para que todos se despedazaran. La idea es sugerente, no está demostrada, y algunas fuentes dicen que Alejandro ni siquiera podía hablar al final. Pero como hipótesis narrativa es brutal, porque Crátero no era un cualquiera.

Crátero

Crátero era el hombre serio, el militar de confianza, el que servía al rey más que al amigo. Plutarco lo resumió con una frase estupenda: «Hefestión era amigo de Alejandro; Crátero era amigo del rey». No era el favorito, no era el de las confidencias juveniles, pero era el que mandaba tropas sin que el asunto terminara en desastre.

Estuvo en el Gránico, en Isos, en Gaugamela, en Persia, en la India. Y cuando el ejército se negó a seguir avanzando, Alejandro le encargó la retirada. Crátero era el hombre de los momentos serios, el que recibió una princesa persa en aquel invento de matrimonios mixtos, el que se ganó el respeto de todos a base de oficio y sangre.

Pero Crátero no estaba en Babilonia cuando el rey murió. Y en política, no estar en la habitación adecuada en el minuto exacto puede costarte un imperio. Allí estaban Pérdicas, que recibió el anillo de Alejandro, y Ptolomeo, que se llevó el cadáver a Egipto porque enterrar al rey anterior daba más legitimidad que cien discursos.

Crátero fue nombrado protector de los reyes, un título bonito que no valía nada. Y cuando al fin se enfrentó a Eumenes, su caballo tropezó, y el hombre que pudo haber heredado el mundo murió pisoteado en el barro. La historia es una perra, y Alejandro, con una vocal, había sembrado el caos. Al final, el imperio no sobrevivió al genio. Sus generales lo partieron, sus familiares fueron asesinados, y aquel sueño de unir Oriente y Occidente acabó convertido en una subasta armada. Todo por no dejar las cosas claras a tiempo.

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