
Bedriacum, el campo donde Roma se desangró
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hay lugares que nacen con una sombra encima. Bedriacum, una aldea perdida en el norte de Italia, fue uno de ellos. En el año 69 d.C., el imperio más poderoso del mundo se desangró en sus campos no una, sino dos veces. Miles de legionarios, que habían jurado lealtad a la misma águila, se partieron la cara por un trono que no les pertenecía. La historia, a veces, elige escenarios para escribir sus capítulos más brutales.
El primer acto llegó en abril. Las tropas de Vitelio, hambrientas de gloria, barrieron a las de Otón en una lucha sin cuartel. La infantería pesada, que solía ser un muro de disciplina, se convirtió en una masa de ira y acero. Otón, derrotado, prefirió clavarse la espada antes que seguir viendo cómo sus hombres morían por su ambición. Quiso ser emperador y terminó siendo mártir.
El segundo acto llegó pocos meses después. Esta vez, Vitelio, el que había ganado, era el que perdía. Vespasiano llegaba desde Oriente con sus legiones, y Bedriacum volvió a teñirse de rojo. El vencedor de abril se convirtió en el vencido de octubre. Y el campo, que ya había enterrado a miles, recibió otra cosecha de cadáveres.
Dos batallas, dos victorias, dos derrotas. El año 69 pasó a la historia como el «año de los cuatro emperadores», y Bedriacum fue el corazón de esa locura. Pero el lugar no eligió ser escenario; la ambición lo eligió a él. Lo que ocurrió allí no fue guerra, fue fratricidio. Hermanos de batalla, hijos de la misma Roma, destrozándose por un sillón de marfil y púrpura.
Hoy, Bedriacum es un nombre que apenas suena en los libros de historia. Pero aquellos que lo pronuncian saben que bajo sus prados verdes descansan los huesos de una Roma que se devoró a sí misma. Porque el imperio no cayó por los bárbaros; cayó por su propia hambre de poder. Y Bedriacum, el campo maldito, fue el espejo donde Roma se miró y no se reconoció.






