
El jineterismo político
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- En mi análisis de la realidad cubana, estoy convencido de que en algún momento apareció en la isla una nueva especie: «el jinetero político». No hablo de personas movidas por ideales, principios ni verdaderas convicciones, sino de oportunistas que descubrieron en el activismo una nueva forma de “lucha económica”.
Muchos proceden de barrios marginales y de sectores muy humildes; algunos arrastran antecedentes por delitos comunes y jamás habían mostrado el menor interés por la política. Pero un buen día comprendieron que hacerse opositor también podía producir dinero.
El mecanismo es sencillo: hacer ruido, provocar una citación, publicar cuatro videos, inventarse una trayectoria y llamar la atención de activistas del exilio o de organizaciones que viven de los «grants». La lógica es la misma del jinetero tradicional que perseguía al turista por las calles de La Habana: localizar al que tiene dólares, contarle el cuento adecuado y ver qué puede sacarle. Cambiaron el Malecón por Facebook, al turista por el patrocinador político y la sonrisa ensayada por un discurso de barricada, pero el negocio continúa siendo el mismo.
Pocos escrúpulos y demasiada flexibilidad
El problema es todavía más serio cuando hablamos de personas sin muchos escrúpulos y con principios demasiado flexibles. Ese tipo de individuo resulta mucho más vulnerable a la penetración de la Seguridad del Estado, que puede chantajearlo, manipularlo y moldearlo a su antojo. Incluso puede permitirle salir del país con una aureola de perseguido para utilizarlo después dentro del exilio. Una vez en Estados Unidos, España, Italia, Chile o cualquier otro lugar, puede servir para sembrar desconfianza, provocar divisiones, desacreditar a opositores legítimos y fracturar desde dentro a las organizaciones políticas. Para los órganos represivos cubanos, un oportunista ambicioso es terreno fértil: basta con descubrir cuál es su precio.
Y la jugada no termina con una remesa o un estipendio mensual. El verdadero premio consiste en fabricarse un expediente de perseguido político: una detención, una amenaza, una citación o unas horas en una estación de policía pueden convertirse rápidamente en méritos revolucionarios al revés. Después vienen el asilo, el *parole* o cualquier vía rápida para abandonar el país. La protesta se convierte en billete de lotería, la represión en carta de recomendación y la política en el nuevo oficio del jineterismo.
Aclaro algo para evitar susceptibilidades interesadas: no estoy hablando de todos los activistas ni de todos los opositores cubanos. Sería injusto y absurdo meterlos en el mismo saco. Hablo de un personaje muy específico: el oportunista que utiliza una causa legítima como negocio personal. Quien lucha con honestidad, arriesga su libertad y actúa por principios no tiene por qué sentirse aludido. Pero negar que este tipo de individuo existe sería cerrar los ojos ante una realidad que también hace mucho daño a la verdadera oposición.






