Comparte esta noticia

Por Max Astudillo ()

La Habana.- El castrismo está desmontando su propia obra. Pieza por pieza, decreto tras decreto, la revolución que durante 67 años fue presentada como un monolito inquebrantable, se está desmoronando a la velocidad de un régimen que ya no sabe mentir sin que le tiemblen las manos.

Ahora quieren inversores extranjeros, permiten importar combustibles, abren la venta de medicamentos, flexibilizan el transporte y hasta dejan que los cubanos de afuera pongan dinero en la isla. Cualquiera diría que se han vuelto liberales de la noche a la mañana. Pero no se engañen: la necesidad no es virtud, y la desesperación no es arrepentimiento.

En la foto, un anciano tirado en el piso en el hospital Lenin, de Holguín
Un anciano tirado en el piso en el hospital Lenin, de Holguín

No es que de repente hayan comprendido que el socialismo no funciona. Es que han comprendido que sin oxígeno, el cadáver de su proyecto se pudre más rápido. Las 176 medidas económicas que aprobaron con bombo y platillo no son un plan de rescate; son un salvavidas para un náufrago que sabe que el barco se hunde.

Las últimas decisiones de la Asamblea Nacional, esas que reducen la lista de actividades prohibidas y amplían el cuentapropismo, no responden a una epifanía ideológica. Responden al pánico: el que tienen los condenados cuando ven acercarse el pelotón de fusilamiento.

Buscan una tregua de Washington

Y es que la soga les aprieta desde fuera y desde dentro. Fuera, Estados Unidos los tiene en la mira con una administración que no traga cuentos. Trump y Rubio no son los demócratas de la mano tendida y el discurso conciliador. Saben que el bloqueo no es un castigo divino sino una herramienta política, y la están usando sin piedad.

Dentro, el pueblo ya no cree ni en las mentiras ni en las promesas. Un pueblo que no come, que no duerme por el calor, que no tiene medicinas ni esperanzas, es un polvorín. Y los que mandan, que siempre han sabido medir el miedo, ahora están midiendo su propia caducidad.

En la foto, dirigentes cubanos
Dirigentes cubanos

Pero ojo con el truco: no están aflojando para redimirse. No están pidiendo perdón por las propiedades robadas, por los exilios forzados, por las generaciones que crecieron con hambre y sin futuro. Están aflojando para ver si Trump se conforma, si Rubio se distrae, si el imperio les concede una tregua que les permita alargar su estancia en el poder. Quieren oxígeno para seguir respirando, pero no para cambiar el sistema; quieren seguir enriqueciéndose, explotando, administrando la miseria como si fuera un feudo hereditario.

El tiempo se acaba

El problema es que ya no hay crédito. Washington ya no se traga el cuento de que el bloqueo es la única causa de la ruina. Ya no compran la farsa de que los apagones son culpa del clima, ni que la escasez de alimentos es una conspiración imperialista. La realidad es demasiado evidente, demasiado brutal, demasiado documentada.

Las imágenes de hospitales podridos, de niños desnutridos, de ancianos muriendo en la oscuridad, han circulado más rápido que cualquier mentira oficial. Y el régimen, que antes controlaba el relato, ahora apenas puede controlar su propia respiración.

En la foto, Marco Rubio
Marco Rubio

Así que, aunque se aferren a sus decretos y sus discursos, sus días están contados. No importa cuánto aflojen, cuántas actividades liberen, cuántos medicamentos autoricen. La desconfianza es más profunda que cualquier medida.

El castrismo ha construido su poder sobre la mentira, y las mentiras, por más que se reciclen, no alimentan a nadie. Al final, el régimen no caerá por un bloqueo, ni por una invasión, ni por una crisis. Caerá por su propio peso. Porque cuando has pasado décadas engañando, hasta tu propio reflejo te abandona. Y el reflejo de los Castro, en estos días, es el de un fantasma que ya sabe que su tiempo se agota.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy