La serpiente que no olvidó su color

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- A veces la tierra no solo tiembla: también devuelve lo que una civilización escondió durante siglos. En pleno centro de Ciudad de México, mientras se revisaba un edificio universitario dañado por un sismo, los arqueólogos encontraron a 4,5 metros de profundidad una pieza extraordinaria. Una cabeza de serpiente mexica, de 1,8 metros de largo y 1,3 toneladas de peso, que llevaba allí desde antes de que la Conquista cambiara el mundo. Y lo que vieron, al sacarla, les dejó sin aliento.

No era solo el tamaño. Era el color. A pesar de haber estado enterrada casi quinientos años, la escultura conservaba el 80 por ciento de su policromía original. Tonos rojos, azules, negros y blancos, vivos aún, como si el tiempo no hubiera pasado. La humedad constante del suelo, que suele ser la peor enemiga de la piedra, esta vez fue su mejor aliada: preservó los pigmentos que hoy nos permiten imaginar los templos y los relieves tal como los vieron los mexicas.

La restauración

Por eso los restauradores actuaron con extrema cautela. La pieza fue trasladada a un ambiente controlado para evitar que el secado repentino destruyera esa capa pictórica que había sobrevivido cinco siglos bajo tierra. Porque hoy solemos imaginar la Antigüedad en grises y ocres, pero aquellas civilizaciones construyeron un mundo de colores intensos. La serpiente era sagrada, y así debía verse: vibrante, poderosa, viva.

La serpiente ocupaba un lugar central en el pensamiento mesoamericano. Simbolizaba la tierra, la fertilidad, el agua, el poder y la conexión entre planos del universo. Estaba vinculada a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, una de las divinidades más importantes. Por eso este hallazgo no es solo una pieza arqueológica impresionante: es una ventana a cómo los mexicas representaban lo sagrado. Cada curva de la boca, cada detalle tallado y cada resto de pintura ayudan a reconstruir un mundo que la conquista y la ciudad moderna fueron cubriendo capa tras capa.

Durante casi cinco siglos, aquella cabeza de serpiente permaneció oculta bajo los cimientos de una ciudad levantada sobre otra más antigua. Llegó un sismo, comenzaron las obras, y desde el subsuelo, el pasado volvió a mostrarnos los colores que nunca había perdido del todo. La tierra tiembla, los edificios se caen, pero a veces, entre los escombros, asoma la historia para recordarnos que no todo está sepultado. Que el México antiguo sigue ahí, bajo nuestros pies, esperando su momento para volver a brillar.

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