
El Carroll A. Deering: el fantasma que navegaba solo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Apareció frente a la costa como un espejismo, con todas sus velas desplegadas y un rumbo fijo hacia la muerte, hacia esos bancos de arena de Diamond Shoals que han devorado más barcos que ninguna guerra. Nadie en cubierta, nadie al timón, nadie intentando cambiar aquel destino trágico. El Carroll A. Deering, una mole de cinco mástiles construida apenas un año antes, se había convertido en un barco fantasma antes de encallar, y cuando los rescatistas lograron subir a bordo el 4 de febrero de 1921, se encontraron con una escena que helaba la sangre: comida preparada, luces encendidas, camas desordenadas y tres gatos hambrientos. De la tripulación, ni rastro.
La historia de este misterio marítimo, que aún hoy perdura, comenzó en 1920, cuando la goleta estadounidense zarpó rumbo a Brasil cargada de carbón. El viaje ya venía con malos presagios: el capitán original enfermó y fue reemplazado por el veterano Willis B. Wormell, un marino de mano firme que aceptó el desafío de completar la travesía y regresar a casa. La carga se entregó sin problemas, y tras una escala en Barbados, el barco emprendió el regreso a Virginia. Nada hacía pensar que aquella mole de madera y acero estaba a punto de escribir una de las páginas más oscuras de la navegación del siglo XX.
A finales de enero de 1921, el Carroll A. Deering pasó frente al barco faro de Cape Lookout, y desde su cubierta un hombre, con un megáfono, comunicó que habían perdido las anclas en una tormenta. Pero el guardián notó algo extraño: quien hablaba no parecía un oficial, y varios tripulantes merodeaban por zonas reservadas a los mandos. La radio del faro estaba averiada, y aquel mensaje, que pudo ser la última pista, quedó en el aire. Al día siguiente, otra embarcación lo vio avanzar peligrosamente hacia Diamond Shoals, pero esta vez no se divisó a nadie en cubierta. El barco navegaba solo, como un muerto que aún camina.
La última imagen
El 31 de enero, un vigilante de la Guardia Costera distinguió la silueta de la goleta atrapada entre las olas, encallada, con todas las velas izadas y sin señales de auxilio. Los botes salvavidas habían desaparecido, y una escalera colgaba de un costado, como si alguien hubiera bajado con prisa. Cuando por fin lograron subir a bordo cuatro días después, el desconcierto fue total. Los instrumentos náuticos, el diario de navegación y los objetos personales habían volado, pero la comida, la ropa, las banderas y las luces seguían en su sitio. Todo indicaba que la tripulación había comido poco antes de evaporarse. Las camas desordenadas y los gatos hambrientos eran el único testimonio de que allí hubo vida.
Se barajaron todas las teorías: motín, piratas, contrabando, una falsa nota en una botella que resultó ser un fraude. La explicación más razonable apunta a una avería grave que llevó a la tripulación a abandonar el barco en los botes, para luego ser engullidos por el mar. Pero las preguntas siguen ahí, como fantasmas: ¿por qué se llevaron los documentos y dejaron objetos valiosos?, ¿quién era el hombre del megáfono?, ¿y por qué nadie lanzó un SOS? Nunca aparecieron los botes, nunca apareció un cuerpo, nunca se recuperó el diario.
El casco del Carroll A. Deering fue destruido con explosivos, y con él se fue la última oportunidad de respuesta. Más de un siglo después, solo queda aquella imagen final: un barco enorme navegando hacia la costa, con el océano en calma y nadie en el timón. Desde lejos parecía normal, pero quizá, cuando se tomó aquella fotografía, ya no quedaba nadie capaz de regresar. Y esa, amigos, es la peor de las soledades.






