
Las ochenta maravillas de Miguelito
Por Oscar Durán
La Habana.- Miguel Díaz-Canel acaba de anunciar, muy orgulloso, que de las 176 transformaciones económicas prometidas hace apenas un mes, ya tiene listas 80 para ponerlas en marcha. Dice que la próxima semana pasarán del centenar.
Yo no sé ustedes, pero a mí esto me recuerda al alumno que llega donde el profesor diciendo que ya terminó la mitad del examen… y todavía tiene todas las respuestas malas.
La pregunta no es cuántas medidas han aprobado. La pregunta es por qué tuvieron que esperar 66 años para descubrir que había que hacer exactamente lo contrario de lo que llevaban haciendo desde 1959.
Ahora resulta que hay que «desatar las fuerzas productivas». ¡Qué descubrimiento! Medio siglo amarrándolas con cadenas, prohibiciones, inspectores, multas, decomisos y cárcel para que ahora venga Canel a decir que la solución es soltarlas.
Genios.
También hablan de darle más protagonismo al sector privado. Traducido al español: permitir que la gente trabaje un poquito más porque el Estado ya no puede seguir sosteniendo el desastre que él mismo creó.
Y lo presentan como una revolución económica. No, caballeros. Eso no es una reforma. Eso es reconocer, con sesenta años de retraso, que el modelo socialista fue un fracaso monumental.
Lo más gracioso es escuchar que ahora permitirán inversión inmobiliaria, banca privada, más capital extranjero y facilidades para los cubanos que viven fuera de la isla.
Hace diez años, cualquiera que propusiera eso terminaba señalado como neoliberal, mercenario o agente de la CIA. Hoy lo propone el Partido Comunista y entonces se llama «actualización del modelo». Hay que tener la cara de hormigón armado.
Mientras tanto, el cubano sigue haciendo la misma cola para comprar un pedazo de pollo, los apagones continúan convirtiendo las noches en una excursión al siglo XIX y el salario alcanza exactamente para sobrevivir… dos o tres días.
Pero tranquilos. Ya aprobaron 80 medidas. Lo que todavía no aprueban es la comida. Ni la electricidad. Ni el transporte. Ni los medicamentos. Ni los salarios dignos. Ni la libertad.
Dicen también que estas reformas no tienen absolutamente nada que ver con las presiones de Estados Unidos. Claro. Y yo me creo que Sandro Castro anda en Mercedes porque ganó el Telebingo.
La realidad es mucho más sencilla. El país quebró. Se quedaron sin dinero, sin petróleo, sin crédito internacional y sin nadie dispuesto a seguir prestándoles un centavo. Ahora no les queda otra que abrir, poquito a poquito, lo que durante décadas cerraron a martillazos.
Eso sí, sin perder el poder. Aquí el negocio nunca ha sido el socialismo. El negocio siempre ha sido controlar el socialismo.
Prepárense entonces para la avalancha de titulares triunfalistas. La Mesa Redonda nos explicará que estas 80 medidas representan una victoria histórica. Granma dirá que el Partido vuelve a demostrar su capacidad de reinventarse. Y Díaz-Canel aparecerá sonriendo como si hubiera descubierto la penicilina.
En lo que eso pasa, el dólar seguirá disparado, los jóvenes seguirán emigrando y los cubanos continuarán soñando con un futuro… pero lejos de Cuba.
Sin embargo, hay una medida que todavía el régimen no ha querido implementar. La única que de verdad resolvería todos los problemas.
Irse.






