
La última opción
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Nunca pensé que llegaría el día en que respaldaría que botas foráneas pisaran nuestra tierra sagrada. Crecí con la memoria de una patria soberana, con el orgullo de un pueblo que supo decir «no» a la injerencia. Pero las circunstancias cambian, y el amor a la tierra que nos vio nacer a veces exige decisiones que duelen en el alma. Hoy, con el corazón encogido pero la razón despierta, sostengo que la intervención de Estados Unidos en Cuba es el mal menor ante un mal mayor que nos devora vivos.
No se trata de un capricho belicista, ni de un deseo de ver aviones surcar nuestros cielos como amenaza. No es eso. Es la constatación de que llevamos casi 68 años gobernados por un régimen que ha convertido la isla en un campo de concentración a cielo abierto. Un sistema que ha hecho del hambre una política de Estado, de la represión una doctrina y de la mentira su único patrimonio. Cuando un gobierno es incapaz de dar de comer a sus hijos, de curar a sus enfermos o de dejar que su gente piense por sí misma, ha dejado de ser un gobierno para convertirse en una condena.

Los cubanos hemos sido despojados de todo: de la comida, de la medicina, de la electricidad, del agua, del transporte, de la esperanza. Pero lo más grave es que nos han despojado de la dignidad. Nos han dicho que no podemos protestar, que no podemos elegir, que no podemos siquiera soñar con un futuro distinto. Y cuando alguien alza la voz, caen sobre él los perros del poder, los falsos testimonios, las condenas absurdas. La policía persigue a los que piensan, mientras los criminales comunes campan a sus anchas y los ancianos mueren de inanición en sus casas. Esa no es una nación, es un cementerio de ilusiones.

Todo por un futuro diferente
Entiendo que hablar de intervención suena a herejía para los que aún creen en la soberanía como dogma. Pero la soberanía no es un concepto abstracto: es la capacidad de un pueblo para decidir su propio destino. Y cuando esa capacidad ha sido secuestrada por un puñado de dirigentes que se perpetúan en el poder a costa de la vida de millones, la soberanía ya no existe. Es un cascarón vacío. Ante esa realidad, la intervención no es una agresión, es una liberación. No es una invasión, es un rescate.

Ya ocurrió antes, a finales del siglo XIX, cuando Estados Unidos intervino para sacudir el yugo colonial español. No aprendimos la lección. Dejamos que nuevos dictadores se apoderaran del poder, que nos vendieran un sistema disfuncional como el non plus ultra de la razón. Y aquí estamos, un siglo después, repitiendo la misma historia. Pero esta vez no hay margen para el error. Esta vez no se trata de cambiar un amo por otro, sino de recuperar la capacidad de ser dueños de nuestro propio presente. La intervención no debe ser un fin, sino un medio: el inicio de una transición hacia un país libre, donde la democracia no sea una palabra prohibida.

Si no ocurre, moriremos todos. No por obra de la naturaleza, sino de la indiferencia y el hambre. Seguiremos viendo cómo los niños ignoran el sabor de una mandarina, cómo los ancianos agonizan sin medicinas, cómo los jóvenes son encarcelados por sus ideas. Por eso respaldo que el vecino del norte nos tienda la mano, aunque sea con el puño cerrado. Porque prefiero un futuro incierto pero digno a una certeza de muerte lenta. Y cuando las botas dejen de pisar nuestra tierra, cuando el polvo se asiente, cuando los cubanos podamos por fin elegir, sabremos que aquella intervención no fue una agresión, sino el parto doloroso de una nación que renace. Cuba merece ser libre, y si para eso hace falta que otros nos ayuden a romper las cadenas, que así sea. Después vendrá lo nuestro: el trabajo, la reconciliación, la esperanza. Ese es el único futuro que merece la pena imaginar.






