Indulto póstumo y 176 medidas: el arte de llegar tarde

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- El rey Carlos III acaba de indultar a Ruth Ellis, la última mujer ahorcada en el Reino Unido. Fue en 1955. Setenta años después, su majestad decide que, en realidad, merecía cadena perpetua. Qué generoso. Qué oportuno. La señora Ellis, que mató al hombre que la golpeaba, ya no está para escucharlo. Pero el gesto, dicen, es histórico.

Ahora, póngame al lado el otro paquete: las 176 medidas del castrismo. Anunciadas con bombo y platillo, cuando el país ya no tiene vida, cuando los mejores hijos se fueron o están presos, cuando la gente come lo que puede y vive como puede. Medidas para reactivar la economía, dicen. Para salvar el futuro, dicen. Pero el futuro ya se fue en una balsa, en un vuelo, en un sueño roto.

¿De qué le sirve a Ruth Ellis la cadena perpetua póstuma? De nada. Ya colgó. Ya no respira. Ya no siente el frío de la horca ni el calor de un abrazo. Su indulto es un consuelo para los vivos, un parche en la conciencia de una monarquía que duerme tranquila porque, al fin, corrigió un error de hace siete décadas. Pero ella, la muerta, no vuelve.

Y las 176 medidas, ¿de qué le sirven al cubano que ya no está? Al que cruzó el Darién, al que se fue a México, al que prefiere cualquier cosa antes que seguir esperando. Al que está en una celda por pensar distinto, al que no tiene luz ni agua ni esperanza. Las medidas llegan cuando el país es un cascarón, cuando las fábricas no producen, cuando los campos no se siembran, cuando el único recurso que sobra es el dolor.

 Indulto póstumo y 176 medidas: el arte de llegar tarde
Marrero se saca los mocos mientras anuncia el paquetazo de 176 medidas cuando ya todo está muerto

Siempre tarde

La cadena perpetua de Ruth Ellis es un chiste macabro: la condenan de por vida después de muerta. Y las 176 medidas cubanas son otro chiste, pero sin gracia: prometen soluciones cuando el problema ya se comió la solución. Porque no se puede revivir a una ahorcada ni se puede recuperar a un pueblo que emigró o se muere lentamente. Lo que se pierde, se pierde. Y los reyes, los de Inglaterra y los de La Habana, lo saben.

Carlos III, al menos, reconoce que su tribunal se equivocó. Pero en Cuba, los tribunales no se equivocan: ellos son la ley. Y las 176 medidas no piden perdón, no reconocen errores, no liberan presos. Solo prometen más de lo mismo con otro nombre. Como si cambiar el envase del veneno lo hiciera menos veneno. Como si la gente no supiera ya que las palabras se las lleva el viento, y el viento en Cuba no trae nada, solo se lleva.

La historia tiene un maldito sentido del humor: la monarquía británica, que mató a una mujer maltratada, hoy le da la razón setenta años tarde. Y la dinastía castrista, que ha matado de hambre y de exilio a todo un pueblo, anuncia medidas que nadie pidió, que nadie cree, que nadie aplaude. Una llega tarde, la otra llega peor. Pero las dos llegan cuando ya no importan.

Porque Ruth Ellis ya no necesita indulto. Y Cuba ya no necesita medidas. Necesita justicia, pero viva. Necesita libertad, pero ahora. Necesita que alguien, algún rey o algún tirano, entienda que el tiempo no se negocia. Que los muertos no resucitan con papeles firmados. Y que los vivos no esperan hasta que sea demasiado tarde. Pero claro, en el reino de los ciegos, el tuerto es rey. Y aquí todos vemos, pero nadie hace. Hasta que es tarde. Siempre tarde.

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