La FIFA levanta la roja y entierra el reglamento a golpe de teléfono

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Por Yoyo Malagón ()

Houston.- ¿Qué es esto, señores de la FIFA? ¿Un campeonato del mundo o un cortijo particular donde las normas se doblegan según el volumen de la llamada entrante? Porque lo de Folarin Balogun no es una excepción, es una vergüenza con patas. Mientras el resto de los mortales cumplen su sanción mirando el partido desde la nevera, a este chico le borran la tarjeta roja con un «no vuelvas a hacerlo, campeón».

Todo como si el reglamento fuera un chicle que se estira o se encoge según quién se siente en el despacho de Zúrich. La UEFA, que tendrá sus más y sus menos pero que al menos conserva un atisbo de dignidad, lo ha dejado claro: esto es «incomprensible e injustificable». Y no les falta ni una coma de razón.

Que el partido de octavos contra Bélgica es clave, claro que sí. Pero ¿y los otros expulsados? ¿Y esos jugadores de selecciones menores que se perdieron finales por una patada tonta y no tenían a un presidente con 280 caracteres para defenderlos? Porque esto no es una revisión arbitral ni un informe forense: esto es un señor con poderío nuclear que coge el teléfono, suelta un «gracias» y la FIFA sale corriendo a deshacer la roja. La máxima institución del fútbol se ha convertido en el coro de una ópera donde el director es Donald Trump, y eso, con perdón, es de traca. Ya no se discute si la entrada fue grave o no; lo que se discute es quién tiene el número de móvil de Infantino.

Un precedente malo… muy malo

Hasta Joseph Blatter, que ya es decir, se ha llevado las manos a la cabeza. Y ojo, no es que el suizo sea un ejemplo de virtud precisamente, pero que él mismo cuestione tu independencia es como si el Loco de la Calle te dice que estás majareta. «Las rojas no se anulan con llamadas políticas», ha sentenciado. Y tiene toda la boca llena de razón. Esa es la clave de este culebrón: no se trata de Balogun, se trata del mensaje. La FIFA ha mandado un órdago a la comunidad futbolística: si tu selección pesa en el tablero geopolítico, las normas son papel mojado. El precedente no es peligroso, es letal.

La UEFA se agarra a los principios básicos del juego, a esa base de «competición justa, honesta y transparente» que tan bonita suena en los comunicados oficiales. Pero aquí el problema no es el papel, es que tienen razón. Si esto se permite, el Mundial se convierte en un mercadillo persa donde cada federación con peso político puede pedir su prórroga, su penalti favorable o su roja perdonada. La credibilidad, como advierten los europeos, se va al garete. Y no es una queja de vecino enfadado, es un aldabonazo en la mesa: o todos cumplen o nadie cumple, pero no hay sitio para los privilegios de saldo.

Así que ahora resulta que el ‘Balogun Gate’ no es un escándalo pasajero, es el epitafio de la integridad. Puede que Estados Unidos gane el partido, o puede que Bélgica se lo meriende, pero lo que ya ha perdido este torneo es esa pátina de imparcialidad que tanto cuesta construir y tan fácil es demoler. La FIFA ha firmado su sentencia: prefiere el halago de un mandatario a la pureza del deporte. Que Dios, o el VAR, nos pille confesados, porque aquí el único que ha visto puerta ha sido el bolsillo de la coherencia.

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