
La muerte silenciosa del hombre que sabía restaurar la historia
Por Ulises Toirac ()
La Habana.- Su vida era el trabajo. Cada día laborable, sin remilgos, sin pensarlo como heroísmo ni sacrificio. Simplemente el trabajo como parte de las funciones vitales. Lo suyo eran las restauraciones de inmuebles con valor histórico, y en eso era una eminencia. No había reto al que no le diera solución tras cálculos y libros, experiencia acumulada y pasión por su oficio.
Pero le llegó la jubilación. Justo cuando el país se hacía más absurdo. Y los cambios lo machacaron. La falta de su tarea diaria de toda la vida, el abandono de sus libros y cálculos, sentirse sin objetivo, y con una economía cada vez más devaluada, hasta volverse inservible. Se sintió en un hueco. El estrés se fue comiendo sus pensamientos; la impotencia, los apagones, la ausencia de perspectivas, la inseguridad diaria tendieron un manto sobre él, robándose al hombre emprendedor y arriesgado, al batallador de cada problema. Nadie ni nada podía frenar esa sensación que cada día era peor.
El cerebro no le permitió ese tren de lucha porque era demasiado peso para cargarlo tanto tiempo sin descanso. Infarto cerebral. Los médicos hicieron de todo, él también, pero después del batacazo y de regreso en casa, cada día se apagaba un poco más.
El esfigmómetro dio error una tarde-noche de sábado. Su respiración se agitó. No había servicio telefónico, la red sin cobertura, un vecino que hacía un mes no tenía gasolina, otro ya había bebido lo suficiente para no poder manejar… Llegar al hospital fue una odisea que pudo resolver un desconocido que estaba de visita frente a su casa. Los médicos se esmeraron con ahínco como podían. Pero era tarde. Tarde para ser sábado incluso. Y tarde para él. La batalla la libraron hasta las cuatro de la mañana. Y se fue.
Las estadísticas tienen otro deceso por infarto cerebral recurrente, pero eso no dice toda la verdad. Las muertes son por «causas naturales», pero esas causas suelen tener un porqué más profundo. Y un denominador común. Y ahí no llegan las estadísticas.






