El salto al vacío que no vieron venir

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El perro iba tranquilo, oliendo el aire, moviendo la cola, feliz como una perdiz. De repente, se paró en medio del puente, levantó el hocico y se quedó mirando a la nada. Sus dueños no vieron nada, claro. Ellos no tienen esa nariz de sabueso ni ese instinto que les dice que allí abajo, entre las piedras, hay un olor que promete aventura. Y antes de que nadie pudiera sujetarlo, el animal echó a correr, saltó el muro y desapareció. Así, sin más, como si el puente se lo hubiera tragado.

El puente de Overtoun, en esa Escocia de niebla y leyendas, lleva décadas haciendo de las suyas. Desde que lo terminaron en 1895, ha sido testigo de una historia que se repite: perros que se lanzan al vacío como si llamara una voz secreta. Algunos sobreviven, cojos y asustados. Otros se estampan contra las rocas, quince metros más abajo. Y los dueños, con el corazón en un puño, solo pueden preguntarse qué demonios pasó por la cabeza de su fiel amigo.

La respuesta, como casi siempre, está en la nariz. Los perros huelen lo que nosotros no podemos ni imaginar. Y allí abajo, entre la maleza y los arbustos del barranco, viven visones, ardillas y martas, pequeños bichos que desprenden un olor irresistible para un hocico entrenado. El especialista David Sands lo comprobó con sus experimentos: el olor a visón vuelve locos a los perros. Y claro, el muro de piedra no deja ver el precipicio, solo insinúa que detrás sigue la tierra.

Cuestión de Instinto

Los de hocico largo, esos que han perseguido conejos durante generaciones, son los que más caen. Porque su instinto es más fuerte que su vista. Huelen la presa, ven el muro, calculan mal la distancia, saltan… y entonces, en medio del aire, se dan cuenta de que no hay nada sólido bajo sus patas. Demasiado tarde para arrepentirse. La Dama Blanca de Overtoun, esa que algunos dicen que ronda el puente, no tiene nada que ver. El verdadero fantasma es el olor, y el verdadero peligro es la confianza.

Hoy, un cartel avisa a los paseantes: atad a vuestros perros, no os fiéis del muro. Pero el misterio sigue ahí, silencioso, esperando el próximo despiste. Porque Overtoun no necesita fantasmas para poner los pelos de punta. Basta con imaginar a un animal feliz, siguiendo un rastro que solo él percibe, convencido de que el mundo continúa al otro lado de la piedra, hasta que el aire le demuestra que se equivocó. Y la vida, como siempre, se queda en un suspiro.

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