
Cuando abrí los ojos
Por Luis Alberto Ramírez ()
MIami.- La vida me ha enseñado que todo puede desaparecer en un segundo. Todo se lo lleva el viento, y en el silencio solo quedan los recuerdos. Permanecen como un eco dulce e imborrable, imposible de recuperar, porque el tiempo tiene la mala costumbre de no devolver jamás lo que uno le entrega.
Muchos cubanos lo dieron todo por la Revolución. Algunos sacrificaron sus sueños; otros, su juventud; no pocos entregaron incluso la vida. Confiaron en una promesa de justicia y prosperidad. Sin embargo, con el paso de los años, aquella revolución que les prometió lo mejor terminó ofreciéndoles exactamente lo contrario.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué nos dejamos engañar?
Pensándolo bien, debo hacer un paréntesis. No fue que nos dejamos engañar; nos engañaron deliberadamente. Quienes construyeron aquel sistema sabían perfectamente que edificaban una realidad falsa. Mientras Cuba permaneció encerrada en una burbuja ideológica, sin otro punto de referencia que la versión oficial del Estado, nuestra realidad era la única realidad posible. No teníamos con qué comparar.
El choque
Salí de Cuba por primera vez en 1977. Cuando llegué al Perú, experimenté un choque que jamás olvidaré. Descubrí un país donde no existía la libreta de racionamiento, donde no había interminables colas para comprar alimentos, ni guardias nocturnas de los CDR, ni consignas revolucionarias repitiéndose a todas horas por la televisión.
Recuerdo haberme preguntado, casi con incredulidad: «¿Qué es esto?»
Yo estaba convencido de que aquellas restricciones formaban parte de la vida normal en cualquier lugar del mundo. Había sido tan profundamente adoctrinado que mi sentido común dejó de ser realmente común para convertirse en un permanente dilema.
Fue en ese instante cuando comenzaron a derrumbarse muchas de las verdades que me habían enseñado desde la escuela. Comprendí que gran parte de aquello no era más que un relato cuidadosamente construido para someter la conciencia de todo un pueblo.
Aquella experiencia cambió mi vida para siempre.
Empecé a cuestionar abiertamente a la revolución cubana y, en 1984, como consecuencia de mis constantes denuncias, fui acusado de propaganda enemiga y expulsado de la Flota Cubana.
El calvario
A partir de ese momento comenzó mi calvario: detenciones arbitrarias, calabozos, interrogatorios, vigilancia permanente, persecución y, finalmente, la prisión.
Confieso que hubo momentos en los que incluso llegué a cuestionar a Dios. Muchas veces, en medio de mis oraciones, le pregunté: «Señor, ¿por qué me has abandonado?».
Con el tiempo comprendí que estaba equivocado. Dios nunca me abandonó. Al contrario: abrió mis ojos cuando más ciego estaba y me mostró el camino que debía seguir.
Sin esperarlo, un día la entonces Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana me concedió una visa. Alguien comprendió que mi voz solo buscaba lo que cualquier ser humano merece: libertad.
Así salí de Cuba junto a toda mi familia rumbo a una tierra donde podía hablar sin miedo.
Desde entonces continué haciendo exactamente lo mismo que hacía dentro de la isla: levantar la voz por los que no pueden hacerlo. Sigo gritando en el desierto, reclamando para el pueblo cubano la libertad, la justicia y la dignidad que durante tantos años le han sido negadas.
Porque quien alguna vez abrió los ojos ya no puede volver a vivir en la oscuridad. Porque no basta con cerrar los ojos para no ver lo que sucede a tu alrededor, hay que abrirlos, no para callar, sino para denunciar.






