Palabras a los intelectuales»: La mordaza de la cultura cubana

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El arte con esposas

Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Existen discursos que abren las puertas de la libertad. Otros las cierran con llave. Las llamadas «Palabras a los Intelectuales», pronunciadas por Fidel Castro el 30 de junio de 1961, pertenecen sin duda a esta última categoría. Aquel discurso no fue una invitación al diálogo entre el poder y la cultura. Fue la proclamación de un principio político destinado a someter la creación artística, la literatura y el pensamiento independiente a la voluntad del Estado. Desde ese día, en Cuba no solo comenzaron a encarcelarse hombres; también comenzaron a encarcelarse las ideas.

La frase que pasó a la historia fue tan breve como contundente: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada.»

Detrás de esa aparente sencillez se escondía una doctrina política de enorme alcance. El Estado se convertía en el árbitro absoluto de la creación intelectual. Ya no serían los lectores quienes juzgarían un libro, ni el público una obra de teatro, ni la crítica una película. El veredicto final quedaba en manos del poder.

La libertad de creación dejaba de ser un derecho para convertirse en un privilegio concedido por el gobierno.

Aunque revestida de lenguaje revolucionario, aquella concepción no era original. Los regímenes totalitarios europeos del siglo XX habían defendido, con diferentes formulaciones ideológicas, la subordinación del individuo al Estado y la utilización del arte como instrumento político. En Cuba, esa lógica adquirió una expresión propia: la Revolución se reservaba el derecho exclusivo de definir qué era cultura legítima y qué constituía una amenaza ideológica.

Así nació la censura institucional

No apareció mediante una ley espectacular ni mediante un decreto único. Se infiltró en editoriales, universidades, teatros, periódicos, galerías de arte, emisoras de radio, estudios cinematográficos y centros de enseñanza. Poco a poco, el miedo sustituyó al talento como criterio de supervivencia intelectual.

El escritor dejó de preguntarse si una obra era buena. Comenzó a preguntarse si sería permitida. Ese cambio destruyó el ambiente natural de toda creación artística: La libertad. Las consecuencias no tardaron en manifestarse.

Virgilio Piñera, uno de los dramaturgos más brillantes de la lengua española, fue relegado durante años al silencio y a la marginación.

Antón Arrufat sufrió una prolongada exclusión de la vida cultural después de que su obra fuera considerada incompatible con los criterios oficiales.

José Lezama Lima, una de las mayores figuras de la literatura cubana, padeció el aislamiento intelectual y vio restringida la difusión de su obra dentro del país.

Reinaldo Arenas sufrió persecución, encarcelamiento y hostigamiento constante hasta verse obligado al exilio. Su delito consistía en escribir con independencia y negarse a aceptar la obediencia ideológica impuesta por el Estado.

El Caso Padilla

El episodio más humillante llegaría en 1971 con el llamado Caso Padilla.

El poeta Heberto Padilla fue arrestado por la Seguridad del Estado y, semanas después, obligado a realizar una autocrítica pública en la que se acusó a sí mismo y señaló a colegas y amigos. Aquella escena, que evocó los procesos estalinistas de confesiones forzadas, recorrió el mundo y provocó una profunda conmoción entre intelectuales que hasta entonces habían respaldado la Revolución cubana.

Muchos comprendieron entonces que el problema no era un exceso circunstancial. Era la naturaleza misma del sistema. Las voces de solidaridad comenzaron a desaparecer.

Numerosos escritores, filósofos y artistas internacionales retiraron su apoyo al régimen cubano al constatar que una revolución que perseguía poetas había terminado convirtiendo la cultura en una dependencia del poder político.

En Cuba, entretanto, el miedo se institucionalizaba. La autocensura llegó a ser incluso más eficaz que la censura oficial. Muchos artistas dejaron de escribir aquello que pensaban. Muchos profesores dejaron de enseñar aquello que sabían. Muchos periodistas dejaron de investigar aquello que conocían.

No porque existiera siempre una orden expresa. Bastaba la posibilidad del castigo.

Ese es el triunfo más perverso de toda dictadura: Cuando el censor termina instalándose en la conciencia de sus propias víctimas.

Cultura y propaganda

Desde entonces, la cultura oficial comenzó a confundirse con la propaganda.

El artista debía elogiar. El escritor debía obedecer. El cineasta debía justificar. El músico debía celebrar.

La crítica independiente dejó de ser considerada una manifestación legítima del pensamiento para convertirse en una supuesta agresión política. La diversidad intelectual fue reemplazada por la unanimidad obligatoria. Y cuando una sociedad pierde la libertad de disentir, también pierde la capacidad de renovarse.

La cultura cubana pagó un precio inmenso. Centenares de escritores, músicos, pintores, actores y profesores abandonaron el país o fueron condenados al silencio. Cuba sufrió una de las mayores fugas de talento intelectual de su historia moderna. No fue una emigración motivada únicamente por razones económicas. Fue también el exilio de la inteligencia.

Las dictaduras temen muchas cosas. Temen las elecciones libres. Temen la prensa independiente. Temen la justicia. Pero pocas cosas les producen tanto miedo.

Sesenta y cinco años después, las «Palabras a los Intelectuales» ya no representan un ideal revolucionario. Constituyen uno de los documentos más reveladores del nacimiento del control totalitario sobre la cultura cubana.

Aquel discurso no inauguró una política cultural. Inauguró una política de obediencia. Y cuando el arte necesita permiso para existir, deja de ser arte. Se convierte, simplemente, en propaganda.

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