
La fábrica de discursos volvió a producir a toda máquina
Por Jorge Sotero
La Habana.- Si alguien todavía tenía dudas de que en Cuba se pueden celebrar congresos sin resolver absolutamente nada, ahí está el vigesimosegundo Congreso de la CTC para despejarlas. Dos días enteros hablando de innovación, inteligencia artificial, productividad y fuerzas productivas. Lo único que verdaderamente produjo el evento fue un nuevo secretario general y varios discursos reciclados.
Resulta enternecedor escuchar a Díaz-Canel decir que no debe haber monopolios y que sobrevivirán las empresas más eficientes. Lo dice el presidente de un país donde el mayor monopolio lo tiene el propio Estado y donde competir con una empresa estatal es tan posible como encontrar pollo en la bodega un martes cualquiera. La teoría suena preciosa; el problema es que la realidad cubana no leyó el discurso.
Tampoco faltó el desfile de consignas patrióticas. Que si defender la Patria, que si transformar, que si producir más, que si romper cercas. Uno escucha aquello y piensa que al salir del congreso los delegados iban a inaugurar veinte fábricas, sembrar cien mil hectáreas y reparar todas las termoeléctricas. Pero no. Lo más probable es que regresen a sus provincias para encontrarse con el mismo apagón, el mismo desabastecimiento y el mismo salario pulverizado por la inflación.
Como si fuera poco, decidieron bautizar la misión energética con el nombre de Ramiro Valdés. Tremendo homenaje para un sistema eléctrico que se cae más que un ciclista sin frenos. Si algo identifica hoy al sector energético cubano no es precisamente la estabilidad, sino los apagones de doce horas y los partes diarios explicando por qué volvió a salir de servicio otra unidad. Cambiarle el nombre no hará que aparezca el combustible por arte de magia.
Al final, el Congreso terminó como empiezan casi todos los eventos oficiales: muchas fotos, muchos aplausos y muchas promesas. El trabajador cubano, mientras tanto, seguirá haciendo cola para comprar comida, sobreviviendo con un salario de miseria y alumbrándose con la linterna del celular cuando vuelva a irse la corriente.






