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Por Ariel Valdés ()

Panamá.- Y de repente, un día, ya viejos y cansados, nos levantamos y descubrimos que casi todo está autorizado. Tener negocios más grandes, asociarse, invertir, crecer, contratar más trabajadores, abrir nuevas empresas, comerciar con el exterior. El catálogo de lo permitido se ha ampliado de tal manera que cuesta trabajo reconocer el paisaje. Todo aquello que durante décadas fue considerado herejía económica, desviación ideológica o simple contrabando, ahora se promociona desde las páginas oficiales como el camino hacia el futuro. Y uno no sabe si reírse, llorar o simplemente quedarse en silencio viendo el horizonte.

Entonces recordamos que cuando teníamos juventud, fuerza, talento, disciplina y deseos de salir adelante, muchas de esas cosas estaban prohibidas o severamente limitadas. No eran fantasías ni caprichos: eran los sueños concretos de hombres y mujeres que sabían lo que querían y, sobre todo, sabían cómo hacerlo. Pero el sistema, con su lógica de hierro, les cerró las puertas una tras otra. Les dijo que no, que eso no era posible, que el mercado era una trampa, que el capitalismo era el enemigo, que la pequeña empresa era un lujo burgués. Y ellos, que habían nacido en la revolución y creído en ella, se quedaron con las manos atadas y la cabeza gacha.

Los años no tienen precio, pero tienen costo

Miramos hacia atrás. Pensamos en los proyectos que nunca nacieron, en las oportunidades que dejamos escapar, en los años que pasaron esperando permisos, cambios o aperturas que nunca llegaban. Y movemos la cabeza de un lado a otro. No con rabia, no con rencor, sino con esa tristeza profunda que da el tiempo perdido. Porque ya no estamos hablando de errores económicos. Estamos hablando de vidas. De generaciones enteras a las que les dijeron que no se podía, para terminar reconociendo décadas después que sí se podía. De hombres y mujeres que no fracasaron porque les faltara talento o voluntad, sino porque alguien decidió por ellos hasta dónde podían llegar.

Esa es quizás la parte más difícil de explicar. Porque el dinero perdido puede recuperarse. Las empresas pueden abrirse. Las inversiones pueden llegar. Los negocios pueden florecer con la misma rapidez con que antes se marchitaban. Pero nadie puede devolverle a un pueblo los años que le hicieron perder. Nadie puede devolverle la juventud a una generación. Nadie puede resarcir a aquel que a los veinticinco años tenía una idea brillante y se la guardó en un cajón, esperando tiempos mejores que nunca llegaron a tiempo. Los años no tienen precio, pero tienen un costo, y ese costo lo han pagado millones de cubanos con su propio esfuerzo, su propia paciencia y su propia resignación.

Y ninguna reforma, por profunda que sea, podrá borrar una pregunta que seguirá acompañando a millones de cubanos en cada esquina, en cada cola, en cada sobremesa: si esto era lo correcto, si el camino siempre fue este, si el cambio era posible y necesario, ¿por qué nos obligaron a esperar toda una vida para reconocerlo? Esa pregunta no tiene respuesta oficial, ni la tendrá. Porque las respuestas oficiales se escriben en los decretos, pero las preguntas de verdad se quedan grabadas en la memoria de quienes vivieron la contradicción en carne propia. Y mientras los jóvenes de hoy pueden empezar, los de ayer solo pueden mirar atrás y preguntarse, con una mezcla de amargura y alivio, qué hubiera sido de ellos si las reglas del juego hubieran sido otras.

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