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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Hay quienes se levantan cada mañana con la bandera en la boca y el himno en los labios, como si eso les diera un certificado de cubanía que los demás no merecemos. Se creen los dueños de la patria, los únicos con derecho a hablar de Cuba, los que pueden decidir quién es cubano y quién no. Y lo hacen con esa soberbia insoportable de quien confunde la lealtad a un gobierno con el amor a un país.

A esos, permítanme decirles algo, con toda la finura que me caracteriza pero también con toda la verdad: ustedes no son más cubanos que yo, ni que el que se fue, ni que el que se quedó, ni que el que protesta, ni que el que sueña con un futuro diferente.

La cubanía no se demuestra con consignas ni se acredita con carné del partido comunista. Se lleva en la sangre, en el acento, en el modo de caminar, en el gusto por el café cargado y el pan con mantequilla. Se hereda de los abuelos que sembraron yuca y de los padres que contaron historias de mambises. Y no se pierde porque uno piense distinto, porque critique, porque quiera un país donde no haya colas, donde no falte la luz y donde los jóvenes no tengan que elegir entre irse o morir de hambre. Eso no es odiar a Cuba, es quererla viva, no en un museo de nostalgias.

La mal habida herencia castrista

Pero ustedes, los que se arropan con la bandera como si fuera una capa de pureza, han decidido que ser cubano es estar de parte del gobierno. Que el que no aplaude es traidor. Que el que se va es un vendepatrias. Que el que se queda y protesta es un desestabilizador.

Y mientras tanto, se llenan la boca con palabras como «revolución» y «patria», pero no ven que la revolución ya no es más que un negocio familiar, una herencia mal habida donde los Castro viven como señores feudales y el resto del pueblo apenas sobrevive a base de migajas.

Y no me vengan con que son los más patriotas, porque el patriotismo no se demuestra reprimiendo a tu propio pueblo. No se demuestra acallando voces, ni encarcelando jóvenes, ni matando sueños. El patriotismo no es un uniforme, ni una porra, ni un arma. Es, como decía Martí, «un deber sagrado», y ese deber no se cumple obedeciendo a ciegas, sino pensando, cuestionando, exigiendo. Porque el que realmente ama a su país no lo entrega a una familia que lo ha saqueado por sesenta y siete años, sino que lucha por rescatarlo de sus garras.

La cubanía es memoria

Y ya que hablamos de cubanía, hablemos claro: cubano es el que nació en Cuba, sí, pero también es el hijo de cubanos que nació en Miami, en Madrid o en Caracas, porque la cubanía no es geografía, es memoria. Es el olor a habano, el ritmo del son, el potaje de frijoles negros, la manera de contar chistes en cualquier parte del mundo.

Esa identidad no la otorga ningún gobierno ni la puede arrebatar ninguna dictadura. Pueden cambiar las leyes, pueden cerrar fronteras, pueden poner muros, pero nadie, absolutamente nadie, puede decirle a otro cubano que no lo es.

Así que, queridos patriotas de cartón, dejen de repartir carnets de cubanía. Dejen de llamar traidores a quienes solo quieren un país donde se pueda vivir con dignidad. Porque pensar diferente no es odiar, es tener la valentía de imaginar otra Cuba posible.

Y esa Cuba, la que queremos los que amamos esta tierra sin pedir permiso, no necesita de ustedes para existir. Necesita, eso sí, que dejen de confundir la patria con un régimen, y el amor con la sumisión. Que la historia los juzgue, y que nosotros, los verdaderos cubanos, hagamos lo que siempre hemos hecho: sobrevivir, resistir y soñar.

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