
Las heridas que no se olvidan
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Hay cosas que no se pueden olvidar. Son hechos que marcan la vida, heridas que dejan huellas en el alma y que, por mucho que intentemos borrarlas, permanecen ahí. Es como si la propia alma tatuara en nuestra conciencia una pena imposible de eliminar.
Cuánto quisiera despertar cada mañana con la esperanza de no recordar aquello que ayer me hizo sufrir; vivir como el simio que construye un nido cada día sin recordar que hizo otro igual la jornada anterior. Pero la dificultad de nuestra especie no radica en perdonar, sino en olvidar.
Qué más quisiera yo que dejar atrás el pasado, comenzar de nuevo y evitar que lo vivido siga influyendo en el presente. Sin embargo, eso parece imposible. Nadie controla plenamente su cerebro; muchas veces es el cerebro quien nos controla a nosotros. No podemos dormir por culpa de nuestros pensamientos, e incluso nuestros sueños terminan siendo prisioneros de aquello que llevamos dentro.
Entonces, ¿cómo separar el alma de los pensamientos? No lo sé. Lo único que sé es que mis pensamientos me tienen agotado, al borde de la locura. No logro apartar de mi mente el sufrimiento que padecen los cubanos, y esa realidad me roba la tranquilidad y el sueño.
Tal vez sea porque mis raíces están demasiado profundas. Tal vez porque, aunque la distancia me separe de mi tierra, una parte de mí sigue viviendo allí, compartiendo cada angustia, cada necesidad y cada dolor. Y mientras ese sufrimiento continúe, será imposible encontrar una paz completa.
Porque hay heridas que el tiempo puede aliviar, pero nunca borrar. Y hay dolores que, cuando nacen del amor a la tierra donde uno nació, se convierten en una compañía permanente del alma.
Yo quisiera amanecer y que en todos haya vida, y una sonrisa en cada despertar.






