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Por Anette Espinosa

Las Tunas.- Cuba es un país tan surrealista que ya uno no sabe si está leyendo una nota informativa o el guion de una comedia. La última joya llega desde Las Tunas, donde el Tribunal Provincial Popular decidió celebrar una jornada de donación de sangre con más de 30 sancionados en libertad. Sí, leyó bien. Después de años escuchando que no hay gasolina, no hay medicamentos, no hay comida y no hay corriente, ahora resulta que tampoco hay suficientes donantes y hubo que salir a buscar a los que están bajo control judicial.

La nota del periódico 26 intenta vender el asunto como una demostración de solidaridad y reinserción social. Hablan de compromiso humanitario, de valores y de integración comunitaria. Lo que no explican es por qué la Policía Nacional Revolucionaria tuvo que desempeñar un «rol clave» para movilizar a los participantes. Porque cuando alguien tiene que ser localizado por la policía para asistir a una actividad «voluntaria», la palabra voluntario empieza a perder bastante fuerza.

La imagen es extraordinaria. Los hospitales sin insumos, las farmacias vacías, las ambulancias sin combustible y el sistema de salud haciendo malabares para sobrevivir. Pero tranquilos, que llegó la solución: los sancionados en libertad. Dentro de poco veremos a los tribunales organizando jornadas para recoger arroz, repartir huevos o reparar termoeléctricas. A este ritmo, cualquier día anuncian que los presos serán los encargados de rescatar la economía nacional.

Lo más llamativo es el lenguaje utilizado. Según la magistrada Dayanai Justiz Batista, la justicia cubana busca la corrección y la integración del individuo mediante obras que beneficien a la colectividad. Qué bonito suena. Casi tan bonito como hablar de reinserción social en un país donde miles de jóvenes consideran que la mejor reinserción posible es montarse en un avión y no regresar jamás. Mientras la isla pierde población a ritmo acelerado, los funcionarios celebran que treinta sancionados donaran sangre en un tribunal.

Al final, la noticia deja una enseñanza importante. Cuando un sistema no puede garantizar alimentos, transporte, medicamentos ni condiciones mínimas de vida, termina convirtiendo cualquier acto cotidiano en una hazaña patriótica. Hoy son los sancionados donando sangre. Mañana quizás sean los presos criando gallinas o los acusados reparando hospitales. En Cuba todo es posible. Menos resolver los problemas de fondo. Para eso, curiosamente, nunca aparece ninguna jornada especial.

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