
Ninguna reforma vale más que la libertad
Por Oscar Durán
La Habana.- Los Castro and company vuelven a copar titulares. Lo hacen como siempre: con anuncios, promesas, maniobras políticas y una maquinaria propagandística diseñada para que el debate público gire alrededor de ellos. Mientras algunos analizan las nuevas medidas económicas y otros especulan sobre sus posibles efectos, existe una realidad mucho más urgente que corre el riesgo de quedar enterrada bajo el ruido mediático: la situación de los presos políticos cubanos. Y ese olvido sería una victoria para quienes han convertido el tiempo en su principal aliado.
No resulta casual que, en momentos de presión internacional, especialmente desde Estados Unidos, el régimen intente desplazar la conversación hacia otros temas. Las reformas, los cambios de estrategia o las supuestas aperturas económicas suelen presentarse como señales de transformación. Sin embargo, detrás de ese escaparate continúan hombres y mujeres privados de libertad por motivos políticos, pagando con años de sus vidas el precio de pensar diferente, protestar o simplemente exigir derechos básicos. Ninguna medida económica puede ocultar esa realidad.
Los presos políticos representan la herida más profunda de la nación. Son personas que han sido arrancadas de sus hogares y sometidas a condenas que muchos consideran injustas y desproporcionadas. También alcanza a sus padres, esposas, hijos y hermanos, obligados a convivir con la incertidumbre, el dolor y la impotencia. Cada día de encarcelamiento es una condena compartida por familias enteras que ven cómo la vida se les escapa esperando justicia.
Por eso resulta preocupante que la discusión pública se concentre exclusivamente en indicadores económicos, tasas de cambio o nuevas regulaciones. La economía importa, sin duda, porque afecta directamente la vida de millones de cubanos. Pero una sociedad no puede medir su progreso únicamente por cifras mientras existan ciudadanos encarcelados por razones políticas. La libertad y la dignidad humana no deberían ocupar un segundo plano ni convertirse en una nota al margen de la agenda nacional.
La verdadera prueba de cualquier voluntad de cambio no está en los discursos ni en las reformas anunciadas, sino en la capacidad de respetar los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Mientras existan presos políticos cumpliendo condenas injustas, cualquier intento de proyectar normalidad quedará incompleto. Cuba no necesita que el mundo se distraiga con nuevos titulares; necesita que nadie olvide a quienes permanecen tras las rejas y a las familias que siguen resistiendo, esperando el día en que la justicia sustituya definitivamente al miedo.






