De ajos y orines: la ciencia antes de la tira

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- Mucho antes de que una tira de plástico te dijera en dos minutos si viene el bendito, los médicos antiguos andaban oliendo ajos, sembrando cebada y viendo orines. Sonaban a brujos, pero eran los primeros científicos. No acertaban ni una, pero al menos le echaban ganas.

La prueba griega era un clásico: metían un ajo en la vagina y al otro día olían el aliento. Si llegaba el olor, la mujer era fértil. Si no, había tapón. La anatomía no funciona así, claro, pero ellos creían que el cuerpo era como un tubo. El aroma viajaba del útero a la boca, decían. No, no viajaba. Pero la idea sobrevivió siglos.

Los egipcios, más visionarios, usaban semillas. La mujer orinaba sobre trigo y cebada varios días. Si brotaba, embarazada. Si crecía una primero, niño; si la otra, niña. Lo del sexo era puro cuento, pero lo curioso es que, en 1963, un científico repitió la prueba y en el 70 % de los casos la orina de embarazadas sí hizo germinar las semillas. Nadie supo bien por qué, pero funcionaba a medias. No era magia, era hormona.

La historia dio un salto en los años veinte, cuando descubrieron la hCG, esa hormona que delata el embarazo. Primero inyectaban orina en animales y esperaban reacciones. Luego vinieron las pruebas inmunológicas. Y en los setenta, llegó el kit casero. Adiós ajos, adiós semillas. La ciencia, al fin, se puso seria.

Pero no le quitemos mérito a los antiguos. Erraban en todo: el ajo no subía, los granos no adivinaban el sexo. Pero tenían una intuición genial: el embarazo cambia el cuerpo y la orina guarda el secreto. Se equivocaron en la explicación, pero acertaron en la pregunta. Y eso, amigos, también es ciencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy