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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Escuchar hablar al songa’o es una experiencia que pone a prueba la paciencia de un santo. Con esa parsimonia tan suya, esa «pastosidad» al hablar que parece que estuviera explicando una receta de cocina en vez de un país en ruinas. Dice el puesto a dedo, que hay que «delegar la responsabilidad» y darles autonomía a las localidades. Traducido al buen cubano: nosotros los de arriba ya no sabemos qué inventar, así que ahí les va la pelota a los municipios, a ver cómo bailan con la más fea.

La pregunta que se hace cualquiera a pie, el que lleva tres días comiendo arroz con aire porque no hay más nada, es muy simple: ¿con qué dinero, con qué recursos y con qué magia van a resolver los municipios lo que el gobierno central destruyó durante décadas? ¿Va el intendente de Centro Habana a fabricar petróleo en un patio para encender la termoeléctrica? ¿Van a sembrar malanga en el asfalto de los parques municipales sin fertilizantes, sin transporte y sin combustible?

Esto no es descentralizar; esto es una lavada de manos al más puro estilo de Poncio Pilatos. Si los municipios tuvieran el poder y los recursos para resolver el desastre, ya lo habrían hecho hace rato. Nadie pasa hambre por gusto ni por falta de «iniciativa local» (https://www.facebook.com/reel/1709756840034633).

El truco perfecto

Lo que pasa es que al guion oficial se le acabaron los villanos creíbles. Ya el cuento del enemigo externo está tan gastado que no se lo traga ni el más fanático. Así que el nuevo enemigo a batir es la «burocracia municipal» o la «falta de gestión» de los de abajo. El truco es perfecto: si el plan sale mal (y va a salir mal), la culpa es del delegado de la esquina, no del ministro, ni del sistema, ni de la ideología.

Miren, señores del poder, ya está bueno de experimentos. Llevamos 67 años siendo los conejillos de indias de un laboratorio que solo produce miseria, consignas y maletas en el aeropuerto. La vida de un ser humano es corta como para pasarla esperando a que ustedes aprendan a gobernar o a que los municipios descubran cómo hacer milagros sin pan.

El problema de Cuba no es de geografía ni de localidades. El problema es el sistema obsoleto que defienden y, sobre todo, la terquedad de quienes lo dirigen. Si les queda un mínimo de respeto por este pueblo que ya no da más, dejen la cantinflada, asuman el fracaso y apártense. Dejen que el país respire, porque al cubano de a pie ya no le queda otra vida para seguir financiando sus teorías de oficina.

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