La bestia somos nosotros

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de Chernóbil hizo ¡pum! y se convirtió en la pesadilla nuclear definitiva. Los científicos, tanto soviéticos como occidentales, coincidieron en algo por primera vez en la historia: aquella zona de 2.600 kilómetros cuadrados quedaría reducida a un páramo radioactivo, digno de Mad Max, donde solo sobrevivirían cucarachas mutantes y el arrepentimiento. Cuarenta años después, resulta que la ciencia se equivocó por completa. El Apocalipsis ha terminado siendo un puto paraíso natural.

Hoy, Chernóbil es, para vergüenza de nuestra especie, la mayor reserva natural de Europa. Un edén involuntario donde lobos, linces, osos pardos y bisontes europeos campan a sus anchas mientras nosotros seguimos discutiendo en Twitter si el cambio climático es un invento chino. La madre naturaleza ha dictado sentencia: un reactor fundido que escupe radiación es menos dañino que un humano con un tractor, un rifle y la absurda necesidad de convertir cada metro cuadrado en un centro comercial o una urbanización de lujo.

Los animales volvieron

Pero ojo, que no todo fue bonito al principio. Cuando los humanos salieron huyendo de Pripyat, los liquidadores soviéticos recibieron la orden de fusilar a cada perro y gato que encontraran, no fuera a ser que el pelaje radiactivo propagara el miedo. Una vez que los fusiles se enfriaron y el polvo se asentó sobre el tristemente famoso Bosque Rojo, los animales volvieron. Y no solo volvieron: hoy las poblaciones de lobos, jabalíes y ciervos superan con creces a las de cualquier parque natural libre de radiación. Incluso el caballo de Przewalski, esa reliquia prehistórica al borde de la extinción, corre libre por la estepa ucraniana.

¿Y cómo coño sobreviven a la radiación? Pues resulta que la evolución se ha puesto las pilas. Los lobos de Chernóbil, que se comen ciervos radiactivos como si fueran aperitivos, han desarrollado mutaciones genéticas en su sistema inmunitario. Están combatiendo el cáncer a base de selección natural en tiempo récord. Son lobos mutantes con superpoderes oncológicos, literalmente. Y los perros descendientes de las mascotas abandonadas deambulan por la central sin tres cabezas ni ojos láser, aunque los voluntarios que los vacunan les pasan el contador Geiger antes de darles un mísero cariño.

Claro, la radiación pasa factura: hay aves con cataratas, golondrinas con plumas torcidas y árboles que crecen con pereza. Pero los animales, señores, son pragmáticos. Prefieren vivir tres años menos por un tumor si a cambio nadie los caza, nadie les tala el bosque y nadie los atropella con un todoterreno un domingo por la mañana. La moraleja, en su cuadragésimo aniversario, es de una puta claridad meridiana: la energía nuclear, con todo su horror, ha resultado ser un mecanismo de conservación ambiental involuntario pero cojonudamente eficaz. El mensaje de los lobos de Chernóbil es devastador: la peor plaga del planeta, con diferencia, seguimos siendo nosotros.

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