Mark Twain: el hombre que le sacó punta al mundo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Mark Twain no nació siendo Mark Twain. Nació siendo Samuel Langhorne Clemens, en 1835, el mismo año que el cometa Halley cruzó el cielo. Él, que siempre tuvo ojo para las coincidencias cósmicas, predijo que se iría con el próximo paso del cometa. Y así fue: expiró en 1910, un día después de que la bola de fuego volviera a visitar la Tierra. Ese sentido del espectáculo lo acompañó toda la vida.

Su humor no era un adorno. Era un mecanismo de supervivencia. Criado en el Misisipi, aprendiz de impresor, piloto de barco de vapor, buscador de plata y periodista en el Salvaje Oeste, Twain aprendió pronto que la tragedia se soporta mejor si se le pone un bigote y se le cuenta un chiste. «Nunca dejes que la escuela interfiera en tu educación», solía decir. Y vaya si lo aplicó: abandonó las aulas a los 12 años y se graduó en la universidad de la calle, la necesidad y la risa.

Dejó frases que todavía duelen de lo bien que apuntan. «La verdad es más extraña que la ficción, porque la ficción tiene la obligación de ser verosímil». O aquella que recitan los políticos que menos la cumplen: «Si dices la verdad, no tendrás que recordar nada». También dijo: «Nunca discutas con un necio, porque te hará bajar a su nivel y ahí te ganará por experiencia». ¿Alguien ha descrito mejor las redes sociales con cien años de anticipación?

Mark Twain: el hombre que le sacó punta al mundo

Pero Twain no era solo un taller de humorismo. Sus novelas son el espejo de Estados Unidos en carne viva. Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) retrataron el sur esclavista, el río Misisipi como arteria nacional, los pueblos pequeños con sus virtudes y sus horrores. Nadie antes había puesto en boca de un niño blanco la conciencia rota de un país que se decía libre pero seguía arrastrando cadenas. Con Huck Finn, Twain le declaró la guerra a la hipocresía.

Y lo hizo riéndose. Porque ese era su genio: podía denunciar el racismo, la codicia, la estupidez humana y el imperialismo norteamericano en Filipinas —que también lo hizo— sin perder nunca la sonrisa pícara del que sabe que el mundo es un circo y todos llevamos nariz roja. «Dios hizo el mundo para ser felices, no para entenderlo», escribió. Y añadió, malicioso: «El hombre es el único animal que se sonroja… o que necesita hacerlo».

Murió como quiso: con el cometa y con la última carcajada. Nos dejó la obra de un tipo que entendió que la grandeza de Estados Unidos también se contaba desde los márgenes, desde el río, desde los esclavos fugitivos y los pueblos remotos.

Mark Twain fue el humorista que le enseñó al país a mirarse al espejo sin reírse del todo, pero sin dejar de reírse nunca. Y esa, amigos míos, es una lección que no pasa de moda.

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