
El lenguaje como corral ideológico
Por Sergio Barbán Cardero ()
MIami.- La reflexión de mi amigo Jr. en su página Pasajes de Vidas, toca un tema que parece pequeño, pero no lo es: el uso político de las palabras en la Cuba comunista. En una sociedad normal, decir “señor”, “señora”, “joven” o “ciudadano” forma parte del trato civilizado entre personas que no necesariamente se conocen. Pero el régimen cubano fue secuestrando esas palabras, les quitó su sentido natural y las cargó de ideología.
Antes de 1959, dirigirse a un desconocido como señor o señora era una forma de respeto, no una declaración política. Pero la Revolución necesitaba borrar ese trato republicano y sustituirlo por una palabra que metiera a todos dentro del mismo saco: “compañero”.
Ahí estaba la trampa. Si aceptabas que te llamaran compañero, parecía que aceptabas también la pertenencia al rebaño; y si lo rechazabas, ya estabas haciendo una declaración política. No era una bobería; era una coacción suave, de esas que no vienen con esposas en la mano, pero sí con miedo en el ambiente.
“Compañero” no preguntaba quién eras; te daba por incorporado. No reconocía tu libertad; te asignaba una militancia. Por eso Fidel Castro lamentaba tanto en los años 90 el desuso de esa palabrita. No era nostalgia lingüística; era la pérdida de una contraseña ideológica que servía para homologar al cubano, para hacerlo parecer parte de una misma tropa, aunque por dentro pensara otra cosa.
Palabras…
Con la despenalización del dólar, el auge del turismo y el aumento de viajes a Cuba de exiliados cubanos, la palabra fue perdiendo terreno. Fidel Castro lo notó y se preocupó. Recuerdo que el tema fue expuesto en los medios oficialistas por el propio Fidel Castro.
Lo mismo pasó con “revolucionario”. Esa palabra dejó de significar alguien que transforma una realidad injusta y se convirtió en un sello de obediencia. Cuando dijeron “la Universidad es para los revolucionarios”, no estaban diciendo que la Universidad era para los mejores, ni para los más capaces, ni para los más estudiosos. Estaban diciendo que la Universidad era para los políticamente confiables. El conocimiento quedaba subordinado a la obediencia y a la fidelidad. Y eso es discriminación pura, aunque la disfracen con consignas.
Esa misma lógica se vio con toda claridad el 11 de julio de 2021, cuando desde el poder se llamó a “los revolucionarios” a tomar la calle, porque “la calle es de los revolucionarios”. ¿Y los demás cubanos qué eran? ¿Extranjeros dentro de su propio país? ¿Gente sin derecho a caminar, protestar o existir en el espacio público?
Cuando un régimen dice que la Universidad es de los revolucionarios y que la calle es de los revolucionarios, está dejando fuera a una parte enorme del pueblo. Les está diciendo: ustedes no tienen derecho ni al aula ni a la acera.
Ciudadano cambió su sentido
Pero donde el daño fue doble con la palabra “ciudadano”. En cualquier país normal, lo primero que debe aprender una persona es a ser ciudadano; conocer sus derechos, cumplir sus deberes y entender que la ley existe para protegerlo, no para aplastarlo. En Cuba ocurrió lo contrario. El aparato estatal, la policía y los tribunales reforzaron el uso de “ciudadano” para marcar una distancia punitiva con el acusado, el infractor o el que era señalado como desafecto. Poco a poco, en boca de la autoridad, “ciudadano” dejó de sonar a derechos y empezó a sonar a sospecha.
Ahí está el crimen lingüístico: convirtieron una palabra noble en una etiqueta fría, policial y casi judicial. Mientras marchas, aplaudes y repites consignas, eres “compañero”; mientras sirves al régimen y a su ideología, eres “revolucionario”; pero cuando caes bajo la mirada del poder, te conviertes en “ciudadano”. Y esa palabra terminó asociada al delincuente, al antisocial, al ladrón, al criminal, al que “traiciona” los valores que el régimen dice representar. No ciudadano con derechos, sino ciudadano como número, expediente, multa o acusado.
También hicieron lo contrario con “señor” y “señora”. Muchas veces los comunistas no usan esas palabras como cortesía, sino con veneno de clase. Para ellos, “señor” suena a burgués, a aristócrata, a alguien separado del supuesto “pueblo” que dicen representar. Es decir, hicieron con el lenguaje lo mismo que hicieron con el país: lo dividieron, lo contaminaron y lo pusieron al servicio de la obediencia.
Por eso este debate no es menor. La dictadura cubana no solo expropió fincas, negocios y libertades; también expropió palabras. Cambió la cortesía por consigna, la ciudadanía por sospecha y el respeto por vigilancia. Cuando un régimen decide cómo debes hablar, también está diciendo cómo debes pensar. Y en Cuba, durante décadas, hasta las palabras tuvieron que pasar por el comité.






