
Las palabras del poder absoluto
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Cuando el Rey Sol, Luis XIV, pronunció su célebre “L’État c’est moi” (El Estado soy yo), estaba definiendo el absolutismo francés e inaugurando una larga tradición de gobernantes que confunden su propio ego con el destino de una nación.
Siglos después, el discurso oficial cubano parió una tautología que viene siendo exactamente lo mismo: “Fidel es Fidel y Raúl es Raúl”.
Los analistas de la lengua se dan banquete explicando la «brillantez» de esta última frase, analizando cómo viola las máximas de la comunicación para blindar el mito del uno y justificar el pragmatismo del otro; sin embargo esta no es más que un juego de palabras diseñado para que la gente lo acepte todo sin hacer preguntas.
Cuando bajas esa frase del pedestal de la teoría política y la pones a caminar por cualquier calle de Cuba, la supuesta genialidad se convierte en una obscenidad, en una especie de estafa discursiva: el refugio de un poder que, al igual que los monarcas absolutos, prefiere debatir sobre las identidades metafísicas de sus líderes antes que asumir la destrucción material de una nación.
Es una falacia insostenible porque las consignas no dan luz, ni la retórica llena platos. Mientras ellos se enredan en fórmulas abstractas para justificar la continuidad, la realidad del cubano se conjuga en un lenguaje mucho más salvaje: el de más de treinta horas consecutivas de apagón, el lenguaje de las vidas sin esperanza, el lenguaje del hambre, de la ausencia de agua y de tantas cosas que convierten el día a día en un castigo. El lenguaje de una insalubridad y una pobreza estructural que ya no se pueden tapar con discursos, porque se huelen en cada esquina y se sufren en hospitales desmantelados.
Al final, la única verdad matemática que queda en el país es que el apagón es apagón, el hambre es hambre, y el sufrimiento del pueblo no se alivia con nada. Ya no hay espacio para la retórica o la poesía del poder cuando la realidad ya va más allá del fondo de un pozo.






