
Dalias, lirios y estocadas: el duelo en camisola que escandalizó a Europa
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Viena, verano de 1892. La Exposición musical y teatral debería haber sido un escaparate de cultura, refinamiento y buenas maneras, pero se convirtió en el ring de boxeo de dos de las mujeres más poderosas del Imperio. En una esquina, la princesa Paulina de Metternich, nieta y esposa de canciller, una señora con más carácter que un sargento de caballería. En la otra, la condesa Anastasia Kielmansegg, esposa del gobernador de la Baja Austria.
Dos titanas acostumbradas a que el mundo se plegara a sus deseos. ¿El casus belli? ¿Alta política? ¿Un amante compartido? ¿Secretos de Estado que harían temblar los cimientos de Europa? No, amigo lector: el control del comité de señoras. Porque si hay algo más peligroso que una carga de coraceros, es una dama de la alta sociedad a la que le tocan el protocolo.
Cuenta la leyenda
La leyenda urbana —esa que siempre mejora cualquier historia— cuenta que la discusión definitiva fue por los arreglos florales. Que si dalias, que si lirios. Y claro, cuando una mujer de postín ve peligrar su criterio botánico, la cosa solo puede terminar de una manera: «Nos vemos en el campo de honor, guapa». Porque antes muerta que sencilla, y en aquella aristocracia tan «civilizada» que miraba por encima del hombro al populacho, los problemas se arreglaban a espadazo limpio.
Pero aquí había un detalle: los duelos estaban castigados por el código penal austríaco. El emperador Francisco José, que ya estaba más que harto de que sus nobles se mataran entre ellos por cabezonadas, había prohibido terminantemente estas aficiones. ¿Solución? Agarrar los bártulos y cruzar la frontera hasta Bernau, en territorio prusiano, donde los lances de honor aún tenían cierto glamour legal.
Como era un asunto exclusivamente de damas, nada de hombres metiendo las narices. El protocolo exigía un duelo femenino en toda regla. Las madrinas fueron la condesa Elmina Feodorovna y la princesa Schwarzemberg, dos señoras de las que no se discute ni el título ni la autoridad moral. Pero la verdadera protagonista del evento fue la baronesa Lubinska, que ejercía de doctora y acababa de empaparse de los últimos avances del cirujano Joseph Lister sobre infecciones.
La buena mujer reunió a las contendientes y les soltó la verdad como un jarro de agua fría: «Miren, señoras, si la hoja atraviesa el corsé o la camisa de seda, va a meter trozos de tela sucia y bacterias en la herida, y se me mueren ustedes de una infección de caballo. Así que, por prescripción médica, se despojan de las prendas superiores». Dicho y hecho. Higiene ante todo, que no estamos en la Edad Media.
El honor es el honor, aunque se hable de lirios
Y ahí tienes la estampa, lector. Dos damas de la altísima sociedad europea, en un claro de un bosque prusiano, en combinación ligera y camisola interior de algodón, espada en mano y el honor en juego. La prensa de la época, que ya entonces estaba más salida que el pico de una mesa, corrió a publicar que se quedaron en topless.
La realidad fue bastante menos erótica y bastante más higiénica. Pero no nos engañemos: para los estándares de 1892, dos mujeres de esa alcurnia en ropa interior era el colmo del escándalo. Los hombres del servicio, incluidos los cocheros, fueron desterrados a un kilómetro de distancia para no pecar con la mirada. Y es que un respeto, ante todo, que luego nos escandalizamos de cualquier cosa y esto sí que era un espectáculo.
El duelo se pactó a primera sangre, que tampoco era cuestión de matarse por unas flores. Tras unos cuantos lances de tanteo, llegó el desenlace: la princesa Paulina recibió un tajo en la nariz y la condesa Anastasia fue herida en el brazo. Se paró el combate, se curaron los rasguños con abundante antiséptico, se vistieron, se dieron la mano en señal de reconciliación y aquí no ha pasado nada.
Las dalias y los lirios se colocaron en paz. Y así, entre estocadas y gasas esterilizadas, quedó zanjado uno de los episodios más absurdos, escandalosos y deliciosamente humanos de la aristocracia europea. Porque el honor es el honor, pero una infección mal curada te manda al otro barrio en cuarenta y ocho horas.






