
Cuba, gastada por la ‘muela’ del castrismo
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Hay una generación en Cuba, sobre todo la que anda entre los 60 y los 70 años, que ha tenido que vivir comiéndose un cable, como ratón en ferretería. Gente que se pasó la vida inventando, resolviendo, haciendo colas, oyendo consignas, tragando apagones, justificando lo injustificable y aprendiendo a callarse para no buscarse problemas. Y uno los escucha hablar, los lee, los ve discutir, y a veces cuesta encontrar un hilo claro. No porque sean brutos, sino porque demasiados años de miedo, pobreza, simulación y muela ideológica le pasan la cuenta a cualquiera.
Eso se nota más en los cuadros del Partido, en los dirigentes sindicales, en los ministros, en los militares y en esa fauna de buró que sale todos los días en la televisión cubana a explicar lo inexplicable. Hablan mucho, pero dicen poco. Empiezan por un lado, brincan para otro, meten una consigna, culpan al bloqueo, apelan a la resistencia creativa, invocan al pueblo heroico y terminan sin responder la pregunta inicial. Es una gimnasia verbal para no aterrizar nunca.
No soy médico, ni psicólogo, y por eso no voy a diagnosticar a nadie. Pero como cubano sí puedo decir que ahí hay un daño profundo. Un daño en la manera de pensar, de hablar, de razonar y de mirar la realidad. Porque una cosa es tener un título universitario, un doctorado o un cargo, y otra muy distinta es tener pensamiento propio. En Cuba sobran diplomas colgados en la pared, pero falta cabeza libre (https://www.facebook.com/reel/1399944955304965). Sobran doctores de consigna, pero escasea la gente capaz de decir: “Esto no funciona, esto está mal, esto hay que cambiarlo de raíz”.
El pensamiento averiado
Uno escucha a Díaz-Canel, a Marrero, a Bruno Rodríguez, a los ministros que salen a justificar los apagones, a los dirigentes sindicales que defienden al patrón en nombre de los trabajadores, y se pregunta qué clase de país puede salir de ahí. Porque no estamos hablando solo de incapacidad administrativa. Estamos hablando de una forma de pensar averiada por dentro. Esa gente lleva tanto tiempo repitiendo lo mismo que ya no se sabe si mienten, si se creen la mentira o si perdieron la capacidad de distinguir una cosa de la otra.
Y eso viene de arriba, desde el origen mismo del castrismo. Fidel Castro convirtió la muela en método de gobierno. Hablaba horas y horas, mezclando historia, amenaza, promesa, épica, resentimiento y delirio, hasta que la palabra sustituía a la realidad. No importaba si la zafra fracasaba, si la economía se hundía o si el país se vaciaba: siempre aparecía un discurso para tapar el hueco. Después vinieron los herederos, pero sin carisma, sin talento y sin épica. Les quedó la muela, nada más. La muela pelada.
Por eso me da risa cuando algunos dicen que Cuba puede seguir el camino de China o Vietnam. ¿Con quién? ¿Con esta gente? China y Vietnam, con todos sus problemas y autoritarismos, entendieron en algún momento que no se puede gobernar una economía a golpe de consignas, reuniones y llamados al sacrificio. Abrieron espacios, dejaron producir, permitieron que la gente trabajara, comerciara, acumulara y respirara un poco. Cuba, en cambio, lleva décadas ordeñando una vaca muerta y culpando al vecino porque no da leche.
Cuando se premia la sumisión
Hay una anécdota vieja que viene como anillo al dedo. Alguien le dijo al presidente Ramón Grau San Martín «¡Vamos a hacer de Cuba la Suiza de América!» y Grau le respondió: «¿Y los suizos de dónde los vamos a sacar?» Pues ahora habría que decirle al régimen lo mismo: ¿quieren ser como China? ¿quieren ser como Vietnam? Muy bien. ¿Y de dónde van a sacar los chinos y los vietnamitas? Porque para hacer reformas no basta con ponerle nombre bonito a la misma chapucería de siempre. Hace falta cabeza, disciplina, sentido práctico, vergüenza y voluntad de rectificar. Y eso no se importa en contenedores desde Mariel.
El problema de Cuba no es solo que falte comida, petróleo, medicinas o dinero. Falta también pensamiento. Falta honestidad intelectual. Falta gente con valor para mirar el desastre de frente y llamarlo por su nombre.
Durante demasiado tiempo se premió al obediente, al repetidor, al que aplaude, al que levanta la mano, al que no pregunta demasiado. Y cuando un país premia durante décadas la sumisión, no puede sorprenderse después de que le falten ciudadanos y le sobren papagayos.
Cuba necesita ciudadanos, no súbditos
Por eso Cuba no se arregla con otro discurso, ni con otro congreso del Partido, ni con otro ministro explicando apagones en la Mesa Redonda. Cuba necesita desmontar esa fábrica de obediencia que ha producido generaciones enteras entrenadas para sobrevivir, no para pensar en libertad. Necesita ciudadanos, no súbditos. Necesita dirigentes, no comisarios. Necesita gente que sepa trabajar, producir, debatir y rectificar sin pedirle permiso al Partido.
Honestamente, no sé qué se puede hacer con Cuba mientras siga en manos de quienes administran el desastre y encima lo presentan como epopeya. Pero sí sé algo: ningún país levanta cabeza si quienes lo gobiernan hablan como si vivieran en otra película. Y Cuba lleva demasiado tiempo oyendo a los mismos personajes justificar la ruina con la misma muela gastada, mientras el pueblo, ese sí, sigue comiéndose el cable hasta que no quede ni el forro.






