
Adrianópolis, 378 d.C.: Roma se quedó sin emperador y sin excusas
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El año 378 después de Cristo no fue un año cualquiera para Roma. Fue el año en que el Imperio, que se creía eterno, se miró al espejo y vio un cadáver en proceso de descomposición. En la Batalla de Adrianópolis, el emperador Valente, que no era el más listo de la familia precisamente, cometió el error de manual número uno: no esperar los refuerzos.
Su sobrino Graciano venía con tropas frescas, pero Valente, cegado por eso que los psicólogos llaman «deseo de gloria personal» y el resto llamamos soberbia estúpida, decidió atacar a los godos por su cuenta. Y claro, le fue como a un pulpo en una cacharrería.
El día era asfixiante. Sus soldados, que habían caminado kilómetros y kilómetros sin comer ni beber agua, llegaron al campo de batalla con la lengua fuera y el escudo al hombro, por decirlo de alguna manera. Se lanzaron contra los godos pensando que iban a encontrarse con una banda de desarrapados sin organización. Pero los espías de Valente, que seguramente habían pasado la noche anterior en una taberna, no se enteraron de nada. Los godos estaban mucho mejor preparados, bien colocados y con las ideas claras. Y encima tenían caballería. Caballería que, por cierto, no estaba donde los romanos creían.
Una cagada imperial
El momento de la cogida fue épico, pero no para los romanos. La caballería goda, que había salido a hacer unos recados, regresó al campo de batalla en el peor momento posible. Cayó sobre los flancos romanos como un rayo en un campo de trigo seco. Las legiones, que siempre presumían de su disciplina, quedaron tan apretadas que los soldados no podían ni levantar los brazos. Imagínate: miles de tíos con armadura, sudando, sin poder moverse, viendo cómo los godos los acuchillaban como si fueran sardinas en lata. Eso no era una batalla. Fue una carnicería con esteroides.
¿Y Valente? Pues Valente desapareció. Nadie sabe qué pasó con él. Unos dicen que una flecha lo encontró antes de que él encontrara la salida. Otros cuentan que se escondió en una granja y que los godos, al ver que no salía, le prendieron fuego con él dentro. Vamos, que acabó más tostado que una castaña en noviembre. Lo único seguro es que Roma perdió a su emperador y a dos tercios de su ejército de élite en un solo día. La derrota más grande desde Cannas, aquella en la que Aníbal les partió la cara. Y eso son palabras mayores.
La lección, querido amigo, es clara: cuando tienes refuerzos, esperas. Cuando tus soldados están agotados, no los mandas al matadero. Y cuando los espías te dicen que el enemigo está débil, desconfía, porque igual los espías son unos inútiles.
Roma no aprendió la lección aquel día. O quizás sí, pero demasiado tarde. Porque después de Adrianópolis, los bárbaros dejaron de ser una molestia de frontera y se convirtieron en una amenaza existencial. Y el Imperio, que había sobrevivido a todo, empezó a desangrarse sin remedio. Todo por un emperador que quería su minuto de gloria. Ya se sabe: la historia la escriben los vencedores, pero las cagadas las perpetran los que no saben esperar.






