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Por Pablo Alfonso ()

Santiago de Chile.- La historia tiene fechas que no caben en un calendario. Fechas que son heridas, orgullo, memoria y también advertencia. Para Cuba, los días 19 y el 20 de mayo son exactamente eso: dos días unidos por la sangre y la esperanza. Un día murió el hombre que soñó la patria y al siguiente nació la República que ese hombre imaginó libre.

El 19 de mayo de 1895 cayó en combate José Martí, el más universal de todos los cubanos. Murió en Dos Ríos con la misma pasión con la que escribió cada verso y cada carta. Martí no murió buscando poder, mucho menos la gloria ni seguidores: murió intentando impedir que Cuba cambiara un amo por otro. Su obsesión era una República «con todos y para el bien de todos», una nación moderna, democrática y soberana. Su muerte fue el precio de la libertad que apenas comenzaba a construirse.

Y entonces llegó el 20 de mayo de 1902. Ese día terminó oficialmente la ocupación militar estadounidense posterior a la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense y la bandera cubana ondeó sola por primera vez en el Palacio de los Capitanes Generales. Cuba nacía como República. Por primera vez, la Isla dejaba atrás siglos de dominio colonial español y comenzaba a caminar con nombre propio ante el mundo. Aquel día asumió la presidencia Tomás Estrada Palma, un hombre al que el castrismo dedicó décadas de demonización, porque necesitaba destruir cualquier recuerdo de una Cuba republicana próspera y funcional.

No es fácil de borrar la historia

Pero la historia verdadera no se borra tan fácil. Estrada Palma recibió un país devastado por la guerra y, aun así, impulsó una etapa de organización institucional y crecimiento económico pocas veces reconocida. Durante su gobierno se saneó la hacienda pública, se promovió la inversión extranjera, se expandieron las escuelas públicas y se desarrolló la infraestructura del país.

Cuba comenzó a insertarse con fuerza en los mercados internacionales y la estabilidad monetaria permitió crecimiento y confianza. Su administración fue conocida por la austeridad, algo casi impensable en muchos gobernantes latinoamericanos de la época. No fue perfecto —ningún presidente lo es—, pero convertirlo en villano absoluto fue parte de la propaganda de un régimen que necesitaba convencer al pueblo de que antes de 1959 Cuba era únicamente miseria y corrupción. Y no. La verdad es mucho más incómoda para ellos.

Porque aquella República, con errores y desigualdades, también era una Cuba que avanzaba, que construía, que recibía inmigrantes y no expulsaba a sus hijos al exilio. Era una Isla conocida como la joya de América, con desarrollo económico, vida cultural vibrante y una sociedad que aspiraba a crecer.

Cuba sigue a la espera

Todo eso fue mutilado por una revolución que prometió dignidad y terminó sembrando miedo, silencio y pobreza. Por eso el castrismo necesitó borrar el 20 de mayo de la memoria nacional. Necesitó sustituirlo por el 1 de enero de 1959, como si la historia de Cuba hubiese comenzado con los barbudos entrando en La Habana. Había que arrancar del alma cubana la idea de República, porque un pueblo que recuerda que alguna vez fue libre termina preguntándose por qué dejó de serlo.

Y hoy, a horas del aniversario de la muerte de Martí, Cuba sigue esperando. Esperando el día en que la patria deje de pertenecerle a una cúpula envejecida y vuelva a pertenecerle a los cubanos. Esperando que el miedo se rompa. Que se rompa el corojo de una vez.

Quién sabe si algún 20 de mayo volverá a ser verdaderamente histórico. Quién sabe si la historia todavía guarda una sorpresa para Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. Quién sabe si algún día el poder dejará de proteger a quienes han convertido una nación entera en cárcel y cementerio de sueños.

Y entonces sí, Martí podrá descansar completo. Háganlo por el hombre que murió un día como hoy soñando una Cuba libre. Háganlo por los fusilados, los presos políticos, los balseros y los exiliados. Háganlo por los que murieron. Pero sobre todo, háganlo por los que todavía no deben morir esperando la libertad.

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