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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- En San Miguel del Padrón ocurrió hace unos días lo que ocurre en Cuba cuando la paciencia se agota: la gente salió a la calle. No fue un cacerolazo cualquiera, fue una protesta con nombre y apellido: falta de corriente. Y el gobierno, que siempre dice escuchar pero casi nunca oye, esta vez tuvo que reaccionar.

No por bondad, claro está. Sino porque el ruido llegó demasiado alto. Así que tomaron una decisión tan práctica como injusta: San Miguel tendría más electricidad que el resto. Y la tuvieron. Por unos días, al menos. La protesta funcionó. Pero la foto completa muestra a otros barrios sumidos en la oscuridad para que este brillara un rato.

No es un caso aislado. Es el método. En Morón, después de aquellas protestas enormes de hace unos meses, también llegó la bonanza eléctrica. Por unas semanas, los moronenses respiraron aliviados mientras el resto de los municipios de Ciego de Ávila se quedaban mirando el techo, esperando un milagro que nunca llegaba. Porque el gobierno cubano no resuelve los problemas de fondo: los redistribuye. Como quien mueve el agua de un cubo a otro para que no se desborde, pero nunca la tira. Y así, mientras unos ganan, otros pierden. La solidaridad entre cubanos, esa que tanto pregona el discurso oficial, brilla por su ausencia cuando la decisión es política.

Cuestión de dinero

Hace unos días le tocó el turno a Corralillo, en Villa Clara. Pero esta vez no fue por la luz, sino por algo más básico todavía: el dinero. Un grupo de ancianos, con más años que paciencia, organizó una protesta pequeña pero contundente. No había de dónde sacar efectivo. Los bancos, vacíos. El papel moneda, un espejismo. La dirección del Banco Popular de Ahorros (BPA) en la provincia tomó entonces una decisión salomónica: vaciar las arcas del banco de Quemado de Güines, el municipio más cercano, y enviar todo ese dinero a Corralillo. Problema resuelto para los corralillenses. Los quemadenses, en cambio, ahora miran sus cuentas sin poder tocar un solo billete. Un santo vestido, el otro en cueros. Así funciona esto.

Porque aquí no hay sistema bancario que funcione, sino un parche permanente. Hace años, cuando las arcas del Estado se quedaron literalmente sin efectivo, el gobierno optó por la solución mágica: la digitalización. Y conste que la digitalización es una maravilla en Noruega, en China, en Brasil, hasta en Polonia. Pero en Cuba, donde la mayoría de los ancianos no tiene un teléfono inteligente, donde los cajeros automáticos son una especie en extinción —en Quemado de Güines, por ejemplo, no hay ninguno— y donde los comercios informales se niegan a aceptar dinero electrónico porque desconfían hasta de su propia sombra, la digitalización es un chiste macabro.

El resultado es un país donde protestar se ha convertido en la única vía para conseguir lo que debería ser un derecho básico. Y el gobierno, en lugar de diseñar políticas estables, prefiere apagar incendios con mangueras prestadas. Desvestir a un santo para vestir a otro es su especialidad. Solo que a veces, por torpeza o por mala planificación, se quedan los dos santos completamente desnudos. Y entonces no hay protesta que valga, ni dinero digital que sirva, ni electricidad que llegue. Solo el absurdo de un sistema que sobrevive de parche en parche, mientras los cubanos aprenden que la queja funciona… pero nunca para siempre.

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