
El podcast se lo llevó el viento y los viajes a los municipios, el miedo
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Querido Oscar (Durán), amigo: tienes toda la razón, pero te falta calle. Díaz-Canel no hace más podcasts por la misma razón por la que ya no baja a los municipios cada semana, como hacía al principio, con su guayabera impecable y su libreta en mano para “dialogar directamente con el pueblo”. Ese pueblo, por cierto, que luego salía en la Mesa Redonda diciendo que todo estaba bien aunque llevara tres días sin comer. Pero tú lo has dicho bien: el podcast era un fenómeno. Una joya. Lástima que la joya se la llevó el viento. O el miedo.
Y no me vengas con que lo de los municipios es por falta de combustible, porque los helicópteros y los autos blindados siguen rodando perfectamente. No me vengas con que es por falta de tiempo, porque el tiempo para grabar una hora de postureo político siempre sobra cuando hay equipo de sonido, maquillaje y un guionista que te escriba las pausas dramáticas. El problema, Oscar (https://elvigiadecuba.com/diaz-canel-podcasts-fin/), es otro: el miedo. Miedo puro, duro, de ese que te paraliza antes de salir por la puerta de casa. ¿Miedo a qué? A dos cosas, y ahí voy al grano, como a mí me gusta.
Primero: miedo a enfrentar al pueblo que sufre. Porque un podcast sin guion, sin censura previa, sin el blindaje de un acto multitudinario donde solo aplauden los que cobran por aplaudir, es territorio peligroso. Pero enfrentar al pueblo, al ciudadano ahmbriento, con sueño, sin corriente… que pregunta, es otra cosa. Y las preguntas duelen.
«Señor presidente, ¿por qué mi hijo no tiene leche?», «Señor presidente, ¿por qué mi abuela se murió esperando una aspirina?». Eso no se responde con una sonrisa de universitario entusiasta. Eso se responde con el estómago encogido y la lengua trabada. Y Díaz-Canel, siendo honestos, no está entrenado para eso. Es un funcionario de aparato, no un líder de trinchera.
El miedo mayor
Segundo: miedo a que algún helicóptero furtivo, de esos que no aparecen en los radares pero aparecen en los rumores, lo encuentre por ahí en un lugar solitario, en una carretera secundaria, en un municipio olvidado de la mano de Dios y de la Revolución. Porque Cuba está llena de parajes idílicos para una desaparición discreta, amigo Oscar.
Y el ejemplo está fresco: Maduro se quedó sin co-piloto. O con piloto de repuesto. La historia no la escriben los vencidos, la escriben los que sobreviven para contarla. Y Díaz-Canel sobrevive no yendo a los sitios donde podría no volver. Por eso ya no va a los municipios cada semana. Por eso ya no hace podcasts. Porque el micrófono abierto es también una puerta abierta. Y las puertas abiertas dan miedo cuando sabes que alguien, en algún lugar, está esperando que cometas el primer error para recordarte que el poder se paga caro.
Así que no, Oscar, no es falta de creatividad. No es falta de combustible. Es falta de bolígrafos. De esos que firman sentencias. Y mientras tanto, la gente sigue cocinando con carbón, alumbrándose con linternas de celular, y esperando que alguien se siente frente a una cámara y les diga la verdad. Pero la verdad, amigo, no se graba en un podcast. La verdad se grita en la calle. Y eso, precisamente, es lo que más le asusta a un presidente que ya no baja al llano. Porque abajo, en el llano, no hay libretita que valga. Hay hambre. Y el hambre, a diferencia de los podcasts, nunca se toma vacaciones.






