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Por Anette Espinosa

La Habana.- Cuando algo le sale mal al régimen, búsquese rápido un culpable a 90 millas. Esta vez le tocó al combustible. Según la nota oficial, la culpa de que el país esté seco como una galleta de sal es del “recrudecimiento del bloqueo”, de Donald Trump, de los barcos intimidados, de las guerras internacionales y probablemente hasta de Mercurio retrógrado. Todo menos admitir que administrar una economía durante décadas a base de consignas no suele terminar demasiado bien.

La explicación tiene una belleza poética admirable: como el combustible llega caro, ya no se puede mantener “un precio único y fijo”. Traducido al español de la calle: prepárense, que viene otro sablazo.

En Cuba las noticias económicas siempre llegan con esa elegancia de funeral; primero te hablan de soberanía, resistencia y tensiones geopolíticas, y al final descubres que lo que viene es pagar más por echarle dos gotas de gasolina al almendrón.

Lo mejor es cuando hablan del “paulatino proceso de transformaciones sociales y económicas”. Una frase tan sofisticada que casi hace olvidar que, en la práctica, significa que ahora habrá varios precios de combustible en dólares. O sea, no bastaba con vivir en un país donde conviven varias monedas, varios tipos de cambio y varias realidades paralelas; ahora también tendrás combustible con personalidad múltiple, según proveedor, ruta, seguros, riesgo y probablemente el humor del mercado ese día.

Dicen además que esta política responde al “costo real de importación”. Esa frase debería ir enmarcada en cada servicentro del país. Durante años nos hicieron creer que la economía socialista tenía respuestas para todo, hasta que llegó el momento en que la gran innovación consiste en decir: “bueno, muchachos, esto cuesta caro, arréglenselas”. Una revolución entera para terminar descubriendo cómo funciona el mercado. Adam Smith debe estar riéndose desde el más allá.

Y como broche final, Cuba demanda su “derecho irrenunciable” a importar combustibles para garantizar el bienestar del pueblo. Lo enternecedor es que cada comunicado oficial siempre termina hablando del bienestar del pueblo justo después de anunciar algo que complica un poco más su existencia.

Es casi una tradición nacional: te vacían el bolsillo, te explican que es por culpa del imperio y luego te desean prosperidad. Todo en el mismo párrafo. Una obra maestra del surrealismo económico caribeño.

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