
Gladiadores y árbitros: cuando la mala decisión te mandaba al infierno
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hubo un tiempo en que los romanos no discutían fueras de juego ni penaltis en las tabernas. Discutían si un gladiador merecía vivir o morir. El hambre de espectáculo era el mismo, pero el precio del error, algo más caro. Porque Hollywood nos vendió la arena como un matadero sin ley, pero la realidad es que hasta para matarse hacía falta un reglamento.
Y sí, amigo, también tenían árbitros. Se llamaban summa rudis, vestían túnica blanca y llevaban una espada de madera. Eran gladiadores retirados, tipos que sabían de dolor y de honor. Pero también se equivocaban. Y cuando se equivocaban, la sentencia no era un penalti en contra. Era la muerte.
Porque un gladiador no era un esclavo cualquiera. Era una inversión. Años de entrenamiento, dieta estricta a base de legumbres y cenizas (nada de chuletones), cuidados médicos. El organizador alquilaba a los luchadores, y si uno moría, tenía que pagar el precio entero. Así que lo normal no era matar, sino herir. Primera sangre y a casa. Pero en medio de aquel festival de apuestas y sudor, el árbitro era la autoridad. Y su palabra era ley. Hasta que un día, en la ciudad de Amisus, hace unos 1.800 años, un gladiador llamado Diodoro se encontró con el mal arbitraje de su vida.
Diodoro había derribado a su rival, Demetrius. Limpiamente. Bajó la guardia, esperando que el árbitro parara el combate y le diera la victoria. Pero el summa rudis interpretó que Demetrius no había caído por un golpe, sino por un tropiezo. Ordenó «sigan». Así que el que estaba pidiendo clemencia se levantó, y el que esperaba su premio se quedó desconcertado. El resultado: Diodoro fue derrotado. No murió en el acto, pero las heridas sufridas en aquella segunda fase forzada lo llevaron a la tumba. El árbitro no le mató directamente, pero le firmó la sentencia.
Lo fascinante es que los amigos de Diodoro no se callaron. No hicieron una protesta oficial ni un comunicado. Encargaron una lápida funeraria, de esas que se ven en el Louvre hoy, y escribieron un epitafio que es un puñetazo: «Después de derrotar a mi oponente, Demetrius, no lo maté de inmediato. Pero el destino y la traición del summa rudis me mataron». Dicho de otro modo: «Perdí por el árbitro». Dos mil años antes de que Mourinho lo gritara en una rueda de prensa. La diferencia es que a Mourinho no le cortan el cuello por un mal día, pero a Diodoro sí.
Así que la próxima vez que usted grite «¡eres un ladrón!» al colegiado de turno, piense en Diodoro. Él no gritaba. Él se moría. Y mientras nosotros discutimos el VAR y pedimos repeticiones, en la antigua Roma el error arbitral no te arruinaba el domingo: te llevaba al Hades. Y lo peor no es que muriera, sino que su familia encargó una lápida para dejar constancia de la injusticia. Querían que todo el mundo supiera que Diodoro no perdió por falta de habilidad, sino por una decisión arbitral desastrosa. Dos mil años después, el fútbol sigue igual. Solo cambian las espadas por los silbatos. Y la muerte, por un mal partido. Pero la indignación, esa no cambia nunca. Porque los árbitros, amigos, siempre han sido un problema. Y los hinchas, también. Lo de Diodoro es la prueba. Ojalá algún día aprendamos. Pero lo dudo. Mucho.






