
La revolución sangrienta
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Las dictaduras tienen algo en común: cuando sienten amenazado su poder, no distinguen entre adversarios políticos y enemigos militares.
Por eso no sorprenden las amenazas del régimen cubano contra los opositores en caso de una intervención extranjera. La lógica del totalitarismo siempre ha sido la misma: sembrar miedo para garantizar obediencia.
Lo ocurrido en Cuba durante la invasión de Bahía de Cochinos es un ejemplo que muchos recuerdan. En aquellos días, miles de familias sospechosas de ser “desafectas” al sistema fueron detenidas o confinadas por simple sospecha ideológica. La revolución siempre justificó esas acciones bajo el discurso de la defensa nacional, pero en realidad demostraban el temor que tenían a perder el control.
Cuando un gobierno encierra a ciudadanos por pensar diferente, deja de actuar como una autoridad legítima y comienza a comportarse como un aparato represivo.
Cabello amenazó con lo mismo en Venezuela
Lo mismo puede verse hoy en otros regímenes aliados ideológicamente con La Habana. Diosdado Cabello, una de las figuras más poderosas del chavismo venezolano, llegó a advertir que en caso de una agresión extranjera “irían por” quienes apoyaran sanciones o intervenciones contra el régimen.  Ese lenguaje no es casual; revela la mentalidad de sistemas políticos que consideran traición cualquier forma de oposición.
Las revoluciones convertidas en dictaduras terminan funcionando bajo una lógica de guerra permanente. Necesitan enemigos internos para justificar la represión, y enemigos externos para mantener movilizada a la población. Por eso la disidencia nunca es vista como un derecho ciudadano, sino como una amenaza que debe ser eliminada. En esos sistemas, el poder se sostiene más por el miedo que por el consenso.
La historia demuestra que muchas revoluciones comenzaron prometiendo justicia social y terminaron bañadas de sangre. Desde los fusilamientos en los primeros años de la revolución cubana hasta las amenazas actuales contra opositores, el patrón se repite: quien no se somete, es tratado como enemigo. Y cuando un gobierno llega al punto de amenazar de muerte a sus propios ciudadanos por sus ideas, deja claro que tiene más miedo que un ratón en la boca del gato.






