
Meliá cierra la mitad de sus hoteles mientras el castrismo insiste en poner la misma receta
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El grupo hotelero Meliá ha cerrado el 50% de su capacidad operativa en Cuba al finalizar el primer trimestre del año, según confirmó la compañía a EFE. La razón oficial es el bloqueo comercial de Estados Unidos y la consiguiente dificultad para obtener combustible.
Pero la realidad, como casi siempre en esta isla, tiene más capas. Porque mientras el régimen castrista lleva décadas apostando casi todas sus fichas al turismo como salvación económica, el modelo se derrumba por su propia fragilidad. Depender de unos pocos socios extranjeros, descuidar la infraestructura nacional y mantener al pueblo en la miseria mientras se construyen hoteles de lujo no era un plan; era un espejismo.
Meliá reconoce que sus hoteles en Cuba han estado operativos apenas el 60% de los días del trimestre, y que la situación empeoró significativamente tras la intervención de Estados Unidos en la región a principios de año.
El combustible no llega, las aerolíneas cancelan conexiones directas —incluyendo desde Canadá, el principal mercado emisor— y los turistas internacionales han dejado de llegar. Pero el régimen, fiel a su estilo, insiste en echarle la culpa al bloqueo y no a su incapacidad histórica para diversificar la economía, garantizar el suministro energético o crear un sector turístico sostenible que no dependa de la voluntad de unos pocos inversores.
Ninguna economía se sostiene sobre una pata
Y mientras los hoteles se vacían, el turismo nacional se ha convertido en casi la totalidad de las reservas. O sea, los pocos cubanos que aún pueden permitirse una noche en un hotel —una minoría privilegiada— son ahora el sostén de un sector que fue diseñado para divisas extranjeras. Pero ese mercado interno, por supuesto, no compensa ni de lejos la caída de la demanda internacional. La ocupación en los hoteles de Meliá cayó al 34,1%, seis puntos y medio menos que el año anterior, mientras que su rentabilidad por habitación se desplomó a 34,4 euros, frente a los 84 euros de media global del grupo. Es decir, Cuba se ha convertido en un agujero negro para la cadena.
El problema de fondo no so solo las sanciones de Washington, sino la obsesión castrista por poner todos los huevos en la misma cesta. Durante décadas, el régimen descuidó la agricultura, la industria, la generación eléctrica, el transporte y casi todo lo que no fuera el turismo de sol y playa. Y cuando ese turismo se resquebraja —por bloqueo, por mala gestión, por falta de combustible o por lo que sea—, no queda red de seguridad. El pueblo, que nunca vio los beneficios de esos hoteles de lujo, sigue haciendo colas para comer. Y los jerarcas, que viven en su burbuja, siguen culpando al imperio mientras ven cómo Meliá cierra puertas.
La lección, si es que aún alguien quiere aprenderla, es clara: ninguna economía puede sostenerse sobre una sola pata, y menos cuando esa pata se llama dependencia extranjera. Cuba necesita un modelo diverso, productivo, justo, que no se limite a recibir turistas con un cóctel en la mano mientras sus ciudadanos buscan qué comer en la basura. Pero mientras los Castro sigan creyendo que el turismo es el mesías y el resto del país un estorbo, seguiremos viendo noticias como esta: hoteles cerrados, empleos perdidos y un pueblo que paga las consecuencias de la misma equivocación, repetida una y otra vez, como un disco rayado que insiste en sonar la misma canción. La canción del desastre. Y del silencio.






