La infalibilidad del cubano: Entre la certeza y la ingenuidad política

Comparte esta noticia

Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Hay una inclinación muy arraigada en ciertos comportamientos sociales del cubano contemporáneo: La tendencia a creer que el propio juicio es suficiente, que la intuición sustituye al análisis y que la seguridad personal equivale a verdad comprobada. No es un fenómeno nuevo, pero sí persistente, y en el terreno político ha tenido consecuencias que aún pesan sobre nuestra memoria colectiva.

En distintos momentos de la historia reciente hemos visto cómo se construyen expectativas con la misma rapidez con la que luego se desmoronan. Se anuncian escenarios como si fueran certezas matemáticas, se trazan cronogramas de acontecimientos políticos con fechas y horas exactas, y una parte importante de la opinión pública los asume como hechos consumados. Sin embargo, la historia, con su habitual ironía, termina desmintiendo lo que la emoción había convertido en verdad anticipada. No se vayan con la primera, hagan un serio escrutinio y hallarán sorpresas desagradables.

Este patrón de credulidad no es exclusivo de un sector ideológico ni de una generación concreta. Ha atravesado etapas distintas de la vida nacional y ha sido alimentado por una mezcla compleja de esperanza, necesidad y falta de acceso a información plural. El resultado ha sido, con frecuencia, una percepción distorsionada de la realidad política, donde el deseo sustituye al análisis y la convicción personal desplaza la verificación de los hechos.

La distancia entre el discurso y la realidad

Cuba ha sido escenario de grandes promesas históricas. Algunas apelaron a la justicia social, otras a la libertad, otras a la reconstrucción nacional. Pero entre el discurso y la realidad ha existido, demasiadas veces, una distancia profunda. Esa brecha ha generado una cultura de la expectativa, donde se cree más en lo que se desea que en lo que efectivamente se observa.

No se trata de negar la inteligencia del pueblo cubano —que es vasta, creativa y resiliente— sino de señalar una vulnerabilidad: La facilidad con la que, en determinados contextos, se acepta como verdad aquello que aún no ha sido contrastado. Esa vulnerabilidad ha sido explotada en distintas direcciones a lo largo del tiempo, generando ciclos de entusiasmo y posterior desilusión.

En el debate público actual, esta dinámica vuelve a aparecer con nuevas formas. La irrupción de figuras, proyectos o narrativas políticas genera adhesiones rápidas, pero también resistencias igualmente apresuradas. En ese proceso, el análisis riguroso suele quedar desplazado por la reacción emocional, y la discusión se empobrece.

La necesidad de coherencia

He señalado en otras ocasiones, y lo reitero ahora, que la vida pública exige coherencia entre discurso y trayectoria. No como mecanismo de exclusión, sino como condición mínima de credibilidad. La política no puede sostenerse únicamente en intenciones declaradas, sino en hechos verificables y en una historia personal que respalde lo que se afirma.

Cuando esa coherencia no existe, el debate se vuelve frágil. Y cuando además se sustituye el argumento por el insulto, se pierde la posibilidad de construir un diálogo serio. La crítica, incluso la más dura, solo tiene valor cuando se fundamenta en hechos y no en descalificaciones.

La experiencia histórica de Cuba debería haber dejado una lección esencial: La prudencia intelectual es una forma de madurez política. Cuestionar no es destruir; dudar no es negar; analizar no es atacar. Al contrario, es precisamente ese ejercicio de duda razonada el que permite evitar errores repetidos.
Quizás el mayor desafío que enfrentamos no sea solo político o económico, sino cultural: Aprender a desconfiar de la certeza absoluta, incluso de la propia. Porque en sociedades donde la convicción reemplaza al análisis, la historia tiende a repetirse con variaciones dolorosas.

La duda metódica, como recordaban los clásicos del pensamiento, no debilita al hombre; lo fortalece. Y en el caso cubano, puede ser una de las pocas herramientas capaces de equilibrar la esperanza con la realidad, la emoción con el juicio y la fe con la razón. Porque, a fin de cuenta no
todo lo que brilla es oro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy