
Cuba: La negación como política de Estado
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- En su más reciente declaración, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba ha reiterado dos afirmaciones que no son nuevas, pero sí esenciales dentro de su arquitectura discursiva: Que Cuba no es una dictadura y que en la isla no existe hambre. Ambas ideas, presentadas como verdades incuestionables, constituyen en realidad el núcleo de una narrativa política destinada no a describir la realidad, sino a sustituirla.
El problema no es solo político. Es, ante todo, conceptual.
Para abordar la primera afirmación, conviene acudir a una fuente elemental, no ideológica, sino lingüística: El diccionario de la Real Academia Española. En él, el término dictadura se define como un régimen político en el que el poder se concentra en una persona o grupo, sin limitación efectiva por parte de leyes o instituciones, y en el que las libertades públicas pueden quedar restringidas.
A la luz de esta definición, el análisis deja de ser retórico y se vuelve empírico. En Cuba no existe pluralidad de partidos políticos, no hay elecciones competitivas en el sentido democrático del término, la prensa no es libre ni independiente, y la oposición política no goza de reconocimiento legal. El poder no solo está concentrado, sino estructuralmente blindado frente a cualquier alternancia.
Negar la condición dictatorial del sistema no lo transforma; únicamente revela la necesidad del poder de redefinir las palabras para evitar ser definido por ellas.
El hambre que desgasta, debilita y humilla
La segunda afirmación, la inexistencia de hambre, exige un enfoque igualmente riguroso. El hambre no es únicamente la ausencia absoluta de alimentos hasta la inanición. Es también la insuficiencia sistemática, la precariedad nutricional, la imposibilidad de acceso regular a productos básicos y la dependencia de mecanismos de subsistencia que degradan la vida cotidiana.
En Cuba, la contracción económica, la inflación, la escasez crónica y la dolarización parcial de la economía han configurado un escenario donde amplios sectores de la población no pueden satisfacer sus necesidades alimentarias básicas de manera estable. La existencia de colas interminables, mercados vacíos y precios inalcanzables no es una percepción subjetiva, sino un hecho observable.
El discurso oficial intenta reducir el hambre a su forma extrema para poder negarlo. Pero el hambre moderna no siempre mata de inmediato; muchas veces desgasta, debilita y humilla.
Lo que emerge, entonces, es un patrón reconocible en la historia de los sistemas cerrados: la construcción de una realidad paralela donde el lenguaje sustituye a los hechos. No se trata simplemente de propaganda, sino de una estrategia de supervivencia política. Cuando la realidad se vuelve insostenible, el poder no la corrige; la niega..
Lo que no van a admitir jamás
Estas dos vertientes, la negación de la dictadura y la negación del hambre, no son independientes. Forman parte de un mismo mecanismo. Reconocer una implicaría abrir la puerta a reconocer la otra. Admitir la falta de libertades conduciría inevitablemente a examinar las causas del fracaso económico. Y ese es un terreno que el discurso oficial no puede permitirse transitar.
En consecuencia, el lenguaje se convierte en trinchera. Las palabras dejan de describir y pasan a defender. La verdad deja de ser un punto de partida y se transforma en una amenaza.
La historia, sin embargo, tiene una cualidad implacable: No responde al lenguaje del poder, sino al peso de los hechos. Y en ese juicio, ni las definiciones pueden ser alteradas indefinidamente, ni el hambre puede ser ocultada para siempre.






