
Solidaridad afuera, abandono adentro
Por Jorge Sotero
La Habana.- Cuba se hunde en una crisis que parece no tocar fondo y Miguel Díaz-Canel insiste en proyectarse como una especie de líder moral del mundo, repartiendo solidaridad a todas las causas imaginables. Palestina, Líbano, Irán, Puerto Rico, el Sahara Occidental, Maduro y hasta activistas internacionales aparecen en su lista de prioridades, como si gobernara una potencia económica capaz de sostener semejante activismo global.
La escena tiene algo de tragicomedia: un presidente hablando de salvar al mundo mientras en su propio país la oscuridad se volvió rutina.
Hay algo profundamente desconectado en ese discurso. No porque apoyar causas internacionales sea, en sí mismo, cuestionable, sino porque la solidaridad empieza por casa. Resulta difícil escuchar tanta grandilocuencia geopolítica sin preguntarse cuándo llegará la misma preocupación por el cubano que lleva doce horas sin electricidad, por el jubilado que no puede comprar medicamentos o por la familia que vive haciendo malabares para comer tres veces al día.
Díaz-Canel habla de justicia para otros pueblos mientras el suyo arrastra salarios pulverizados, transporte colapsado, hospitales en decadencia y una emigración que vacía barrios enteros. Parece más cómodo abrazar luchas lejanas que enfrentar el deterioro interno. Defender a Maduro o hablar de la causa iraní genera aplausos ideológicos; resolver la inflación, la escasez y la inseguridad cotidiana exige algo bastante menos romántico: gestión real.
Lo paradójico es que el régimen cubano ha convertido la solidaridad en una especie de capital simbólico internacional, una narrativa heroica que funciona puertas afuera, pero que ya no convence a buena parte de quienes viven dentro de la isla. La épica revolucionaria puede sonar bien en un podio, pero pierde brillo cuando la nevera está vacía y el ventilador no gira porque no hay corriente.
La pregunta, entonces, es tan simple como demoledora: ¿cuándo será Cuba una causa justa para su propio presidente? Un mandatario puede hablar horas sobre dignidad global, resistencia y humanismo, pero mientras su pueblo siga atrapado entre apagones, miseria y desesperanza, todo ese discurso corre el riesgo de parecer solo eso: retórica internacional para distraer de un incendio doméstico que nadie parece dispuesto a apagar.






