
Díaz-Canel promete un país iluminado
Por Oscar Durán
La Habana.- Miguel Díaz-Canel volvió a hacer lo que mejor sabe: vender esperanza en cuotas, aunque la realidad cubana vaya exactamente en dirección contraria. Durante el Encuentro Internacional de Solidaridad con Cuba, celebrado en el Palacio de Convenciones, soltó una de esas frases que parecen sacadas de un manual de optimismo forzado: “Tendremos un futuro con un país iluminado usando nuestras propias fuentes de energía; pero tendremos el país iluminado, pero sin derroche”. Escucharlo hablar así, en un país donde millones de personas viven pendientes de un cronograma de apagones, roza la provocación.
Hablar de un “país iluminado” en la Cuba actual es casi un ejercicio de humor involuntario. Hay provincias donde los cortes eléctricos superan las 12 horas diarias, negocios privados operando a medias por falta de corriente y familias enteras durmiendo en portales para escapar del calor infernal. Mientras eso ocurre, el presidente parece instalado en una narrativa paralela, una donde el desastre energético no es consecuencia de décadas de mala gestión, sino apenas un bache rumbo a un futuro radiante.
Lo más llamativo es esa insistencia en hablar de “nuestras propias fuentes de energía”, como si el régimen acabara de descubrir la autosuficiencia energética después de 65 años de dependencia, improvisación y promesas incumplidas. Primero fue el petróleo venezolano, luego los pactos con Rusia, después las eternas reparaciones de termoeléctricas moribundas. Ahora la nueva ilusión parece descansar sobre parques solares y discursos grandilocuentes, como si eso bastara para resolver una crisis estructural.
La coletilla del “sin derroche” tampoco pasa inadvertida. En otras palabras: sí, quizás haya electricidad algún día, pero prepárense para consumirla bajo vigilancia moral. En Cuba siempre hay una condición. Nunca alcanza con resolver un problema; además hay que educar al ciudadano para que no aspire demasiado. Es la misma lógica de siempre: escasez administrada y resignación empaquetada como virtud revolucionaria.
Díaz-Canel habla del futuro con una soltura admirable, probablemente porque no lo vive como el cubano de a pie. Mientras él pronuncia discursos en salones climatizados del Palacio de Convenciones, buena parte del país sigue alumbrándose con linternas, cocinando a deshoras y rezando para que el ventilador no se apague en mitad de la noche. Cuba no necesita más frases bonitas sobre un país iluminado; necesita que dejen de apagarle la vida a su gente.






