Crisis del agua en La Habana afecta a 200 mil personas

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Por Jorge Sotero

La Habana.- En La Habana, la crisis del agua vuelve a golpear con la misma fuerza de siempre, aunque el discurso oficial intente maquillarla con cifras y tecnicismos. Según datos ofrecidos por directivos de Aguas de La Habana, unos 200 mil capitalinos sufren afectaciones en el suministro, lo que representa alrededor del 11% de la población.

Reducir el problema a un número es, como casi todo en Cuba, una forma elegante de esconder la magnitud real del desastre. Cuando el agua no llega, no hay porcentaje que consuele.

El problema, lejos de ser puntual, tiene un impacto directo en la vida diaria de miles de familias que no tienen alternativa alguna. Aquí no hay plan B: o hay agua o no hay nada. Y cuando los ciclos de distribución se extienden hasta casi un mes en zonas como Aldabó, la situación deja de ser una simple “afectación” para convertirse en un castigo cotidiano. Mientras tanto, la dictadura sigue hablando de resiliencia, como si sobrevivir a la escasez fuera un mérito y no una condena.

Las autoridades reconocen que prácticamente todos los municipios están afectados, incluso aquellos que en el papel aparecen como “menos golpeados”. La realidad, sin embargo, es otra: en Cuba no hay territorio blindado contra el colapso. Las causas del problema —fallas en equipos de bombeo, apagones constantes, roturas y salideros— no son nuevas. Son el reflejo de años de abandono, mala gestión y una infraestructura que se cae a pedazos sin que nadie asuma responsabilidades.

En conferencia de prensa, los directivos intentaron explicar la crisis con porcentajes y planes, pero el guion se repite demasiado. Promesas de nuevas bombas, reparaciones en curso y proyectos en planificación que nunca terminan de resolver nada. Todo depende, dicen, del suministro eléctrico. Es decir, el agua depende de la luz, la luz no aparece, y el resultado es el mismo círculo vicioso de siempre: el ciudadano atrapado en medio de la ineficiencia.

Al final, la llamada “batalla” por estabilizar el servicio no es más que otra muestra del desgaste de un sistema incapaz de garantizar lo más básico. Hablan de electrógenos, redistribución y estrategias, pero la realidad es que el cubano sigue cargando cubos, almacenando lo poco que cae y adaptándose a la miseria.

En la Cuba de hoy, tener agua no es un derecho: es un lujo que la dictadura no puede —o no quiere— asegurar.

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