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Por Max Astudillo ()

La Habana.- El cuadro, que no tiene desperdicio. El gobierno de Estados Unidos manda una delegación a La Habana y se sienta a negociar con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias «El Cangrejo». Nieto de Raúl Castro. No con un funcionario del régimen, no con un ministro, no con alguien que tenga que rendir cuentas a una institución. No. Con el nieto del general nonagenario que sigue moviendo los hilos desde la sombra. ¿Y Washington acepta? Peor aún: lo acredita como interlocutor válido. Como si el destino de once millones de cubanos dependiera de lo que le dé la gana decirle el chico al oído al abuelo.

Porque aquí el problema no es solo que el gobierno cubano sea una dictadura podrida de arriba abajo. Eso ya lo sabíamos desde que el abuelo Fidel puso la primera bala. El problema es que el propio régimen ya ni siquiera se molesta en fingir.

Designar al nieto para negociar con la superpotencia no es un gesto diplomático: es una patada en la mesa. Es Raúl Castro diciéndole al mundo: «Me defeco en ustedes, en sus reglas, en sus gobiernos y en sus embajadores. Yo mando aquí, y si mi sangre habla, ustedes aplauden». Y Trump y Marco Rubio, en su afán por controlar la isla sin mover un fusil, tragan entero. Hablan con un mequetrefe al que apodan Cangrejo y le llaman «portavoz de facto». Eso no es política exterior, es un reality show.

La vergüenza del negociador

La reunión del viernes -o anunciada el viernes por Axios- fue un avance diplomático, dicen. La primera vez que un avión oficial de EE.UU. aterriza en Cuba desde Obama. Diez años después, el colapso social está más cerca que nunca, la economía cubana está en caída libre y la élite gobernante tiene una «pequeña ventana para implementar reformas», según el propio Departamento de Estado.

Pero ojo, que las reformas, por ahora al menos, no son para que los cubanos coman o tengan electricidad, o se desprendan del tumor que representan los Castro. Las reformas son para compensar a corporaciones estadounidenses por lo que les confiscaron en 1959, para liberar presos políticos y para que algún día, tal vez, haya elecciones libres. Todo eso está muy bien, pero mientras lo negocia un nieto con su abuelo al fondo del salón, la pantomima resulta grotesca.

El viejo Raúl, que lleva décadas escupiendo para arriba y limpiándose con la bandera, no confía ni en su sombra. Por eso manda al nieto. Porque sabe que en ese régimen de mentiras y delaciones, hasta el compañero de al lado puede ser un topo.

El general nonagenario no le importa el pueblo, le importa su familia. Que quede claro: el futuro de los Castro por encima del futuro de los cubanos. Y mientras tanto, la isla se desmorona, los apagones se comen las noches, la gente huye a cualquier lado, menos a Estados Unidos, y los que se quedan maldicen en colas interminables para comprar un pollo que no llega. Pero allá en la cúpula, lo importante es que el nieto tenga carné de negociador.

Ni internet ni satélites, Cuba necesita libertad, y ahora

Del otro lado, la torpeza de Washington es mayúscula. Trump y Rubio, con su discurso de puño de hierro, terminaron sentándose frente a un anormal con apodo de crustáceo. Y le ofrecieron Starlink. Sí, satélites de Elon Musk para arreglar internet, como si el problema de Cuba fuera la conexión wifi y no la falta de libertad, de comida y de dignidad.

Puedo entender que sea más fácil instalar antenas que enfrentar al abuelo. Es más cómodo negociar con el nieto que exigir elecciones libres con fechas y nombres. O llegar con marines o Delta Force e imponer la fuerza. Y mientras tanto, advierten: «No permitiremos un desastre en la isla». Pero el desastre ya está aquí, señores. Solo que ustedes decidieron hablar con el Cangrejo en vez de mirar a los cubanos de a pie.

Conclusión: la dictadura cubana se caga en su pueblo, y el gobierno de Estados Unidos se presta al circo. Uno envía al nieto como si fuera un príncipe heredero. El otro lo recibe como si fuera Kissinger. Y los cubanos, mientras tanto, siguen esperando.

Algunos esperan un pasaporte extranjero, otros esperan un cambio, la mayoría espera no morirse de hambre antes de que los dos gobiernos terminen de hacerse los tontos. Raúl Castro se defeca en todo, eso está claro. Pero Trump y Rubio, con su afán de control sin sangre, también están meándose fuera del tiesto. Hablar con el Cangrejo no es diplomacia, es un error de principiantes. Y en Cuba, los errores los pagan siempre los mismos: los que no tienen apellido Castro ni vuelo asegurado a Miami.

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