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Por Anette Espinosa

La Habana.- Donald Trump volvió a poner a Cuba en el centro de su discurso este 17 de abril en Phoenix, Arizona, con una frase que suena bonita, pero que para el cubano de a pie hay que mirarla con lupa: “un nuevo amanecer para Cuba”.

Uno escucha eso desde la isla —o desde cualquier rincón donde haya un cubano sobreviviente del sistema— y no puede evitar preguntarse cuántas veces más nos van a vender amaneceres que nunca terminan de llegar.

El mandatario aseguró que la fuerza de Estados Unidos podría poner fin a 70 años de espera. Setenta años. Se dice rápido, pero es una eternidad de miseria, represión y promesas incumplidas bajo una dictadura que ha demostrado ser experta en resistir sin resolver absolutamente nada.

Ahora bien, confiar en que ese cambio vendrá desde afuera también tiene su trampa, porque si algo ha aprendido el cubano es que su destino no puede depender únicamente de lo que decidan en Washington.

Trump, fiel a su estilo, mantiene una postura dura frente al régimen de La Habana. No es nuevo. Lo interesante es que vuelve a colocar a Cuba dentro de sus prioridades estratégicas, incluso mencionando que su administración “se encaramaría” con la isla después de Irán. Dicho en buen cubano: hay una lista, y Cuba está en esa lista. Pero cuidado, porque estar en la lista de una potencia no siempre significa que el resultado sea el que el pueblo necesita.

Mientras tanto, la dictadura hace lo de siempre: silencio hacia afuera y control hacia adentro. No importa si Trump habla de amaneceres o de presión internacional; ellos siguen aferrados al poder como si Cuba fuera una finca privada heredada por generaciones. Y en medio de ese pulso político, el cubano sigue apagando apagones, inventando comida donde no la hay y sobreviviendo a un sistema que no da más.

Al final, la frase de “un nuevo amanecer” queda flotando en el aire. Puede ser una promesa, una estrategia o simplemente retórica política, pero la realidad es otra: Cuba no necesita discursos, necesita cambios reales.

Por eso, diera lo que no tengo porque Limonardo le diga a Trump en esos ataques de prostituta: «vengan por mí, cobardes. Aquí los espero en la Plaza de la Revolución». Solo así empiezo a creer en nuevos amaneceres.

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