Por Ma Chete (Tomado de su página de Facebook)
La impotencia de no poder hacer nada, la espera eterna de algo que nunca termina de llegar, y la lucha diaria por sostener a una familia y simplemente sobrevivir… todo eso me ha ido consumiendo poco a poco.
15 o 20 (y hasta más) horas sin corriente, sin conexión, sin poder siquiera hablar con los tuyos. Precios de ciencia ficción, el desempleo disparado, la violencia, la inseguridad, la enfermedad, las necesidades que no dan tregua. Y como si fuera poco, el cuerpo también pasa factura. Han vuelto secuelas del virus… o quizás nunca se fueron. Tobillos inflamados, dolores en las articulaciones, dolores de cabeza, problemas en la visión. Todo se va acumulando.
No me he derrumbado, y no ha sido por falta de razones. Es porque tengo una familia que sostener. Pero no duermo. Mi cabeza no se apaga. Es un hervidero constante…
Sé que muchos dirán: “¿y eso qué nos importa?”. Y está bien. No escribo esto para gustar ni para convencer. Solo me estoy desahogando. Solo estoy dejando estas palabras… por si un día me toca ausentarme.
Porque aunque parezca que uno lucha solo, no es así. Un solo palo no hace monte. Y denunciar a una dictadura desde dentro, en sus propias entrañas, no es fácil. Todo está diseñado para que ellos ganen y uno pierda.
No me estoy rindiendo.
Pero sí… estoy agotado.
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