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Mike Hammer le toca la puerta a la Cuba que el régimen quiere callar

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Por Oscar Durán

La Habana.- Mike Hammer anda por Cuba como Pedro por su casa. Sin pedir permiso, sin bajar la cabeza y, lo más curioso, sin que nadie lo pueda frenar. Un tipo que, desde su puesto como embajador de Estados Unidos en Cuba, se ha dedicado a hacer lo que a muchos dentro de la isla les cuesta hasta pensar. Va, viene, opina, sentencia. Y en cada declaración deja caer la misma idea: a esto le queda poco, como si tuviera la película adelantada y nosotros apenas estuviéramos viendo el tráiler.

Lo de este martes fue otro capítulo más de esa novela. Subió 14 pisos en medio de un apagón —que ya eso en Cuba no es noticia, es rutina— para plantarse en la redacción de 14ymedio. Allí estaban Yoani Sánchez y Reinaldo Escobar, dos nombres que el régimen tiene marcados en rojo desde hace años. No fue una visita diplomática fría, de esas que se llenan de protocolos y sonrisas ensayadas. Fue directa, con conversación incluida sobre la realidad del país, el periodismo independiente y la vida diaria del cubano de a pie.

Y mientras eso ocurría, del otro lado, la Seguridad del Estado seguía en lo suyo: apretar, cercar, intimidar. A Yoani la habían sitiado apenas días antes, con un agente encapuchado diciéndole que no podía salir de su casa, sin explicación alguna, porque aquí las explicaciones sobran cuando se trata de reprimir. Ese contraste lo dice todo. Por un lado, un funcionario extranjero que entra y sale, que sube escaleras en apagón y conversa sin miedo. Por el otro, ciudadanos cubanos presos en su propia casa.

La presencia de Hammer en ese espacio no es casual. Es un mensaje. Y no hace falta ser analista político para entenderlo. Cada recorrido suyo por la isla, cada visita a opositores o periodistas independientes, es una manera de decir: “los estoy viendo”. Eso, en un país donde todo se vigila hacia adentro, incomoda. Molesta. Revuelve. Rompe la dinámica del control absoluto que el régimen intenta sostener a toda costa.

Al final, la escena es casi simbólica: un edificio sin luz, un diplomático subiendo escaleras, periodistas resistiendo y un país entero atrapado en la oscuridad. Mientras tanto, el poder sigue haciendo lo mismo de siempre: callar, presionar, fingir normalidad. Pero cada vez que alguien como Hammer aparece y hace “lo que le da la gana”, esa normalidad se resquebraja un poquito más.

Ahí es donde empieza el verdadero problema para ellos.

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