Radcliffe fue a ponerle fecha de caducidad al castrismo

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- El gobierno cubano, en su habitual alarde de maquillaje propagandístico, ha querido vender la visita del director de la CIA, John Radcliffe, como un simple intercambio técnico sobre seguridad y presos políticos. Según el parte oficial, Washington envió a su jefe de espías para hablar de «temas bilaterales», como si se tratara de dos cancillerías discutiendo aranceles o cuotas de azúcar.

Pero el que conoce la dinámica real de este juego sabe que la inteligencia estadounidense no mueve una ficha sin propósito estratégico. La Habana, con ese tono de víctima que tanto ensaya, intentó hacer creer que todo quedó en un diálogo civilizado. Mentira. Esa versión es el mismo cuento de siempre: vestir de samaritano al verdugo que llega con el puño cerrado.

La realidad, mucho más cruda y expuesta, apunta a que Radcliffe viajó a La Habana con una sola misión: lanzarle un ultimátum al régimen castrista. Y no me refiero a un ultimátum diplomático de esos que se dejan morir en una gaveta. Hablo de un «o se van por las buenas, o los sacamos por las malas».

Con Donald Trump ya certificando oficialmente a Cuba como amenaza para EE.UU. (algo que, por cierto, es más una constatación que una novedad), el escenario estaba maduro para pasar de las sanciones económicas a la presión física. El bloqueo petrolero, las restricciones a las remesas y la asfixia financiera de los últimos meses no han sido un castigo gratuito: fueron el preámbulo de esta visita. Se trataba de que los de la isla supieran que el cerdo ya está en el matadero.

Hablemos en plata cubana

Entonces, pongamos la pregunta en plata cubana: ¿para qué iba a ir el director de la CIA a La Habana? ¿A hablar con quién? ¿A ofrecerle qué? ¿Un ramo de flores? No, señor. Radcliffe fue a decirle a la cúpula militar y política que su hora llegó. No fue a negociar liberaciones simbólicas de presos políticos para adornar una portada. Fue a dejar claro que la Casa Blanca, bajo la lógica de Trump, no reconoce otra salida que el desmantelamiento del aparato castrista o la intervención.

Y no es casualidad que haya ido el jefe de la CIA y no el secretario de Estado: esto no es diplomacia, es inteligencia operativa. Es la persona que sabe dónde duermen los objetivos, quién maneja las rutas de escape y, sobre todo, cómo se ejecuta una presión que no admite respuesta.

¿Y por qué Radcliffe y no Trump, que por cierto regresa mañana mismo de China con Marco Rubio pegado al costado? Porque Trump no iba a perder el tiempo en un viaje que aún no es para fotos ni para discursos. El presidente prefiere el golpe de efecto televisado, no el trabajo sucio de hormiga.

Tampoco iba a mandar a su yerno, Jared Kushner, que junto a Steve Witkoff está hasta el cuello con Ucrania, Rusia, Irán y medio conflicto europeo y asiático. Esos tienen su propia agenda global. Y el vicepresidente, desde luego, no se iba a mover de la Casa Blanca para ir a una isla bloqueada a escuchar quejas. Así que el hombre era Radcliffe: un pez de aguas turbias, curtido en operaciones encubiertas, con la frialdad suficiente para mirar a los generales cubanos a los ojos y decirles: «La partida se acaba».

El arte de la presión

La visita del director de la CIA a la capital cubana no fue, pues, una misión de escucha. Fue un movimiento táctico para inclinar aún más las piezas negras de un tablero que está en jaque mate, al menos en la parte del juego de presiones.

El castrismo —ese que aún cree que puede resistir con consignas y desfiles— se enfrenta ahora a una evidencia que no puede ocultar con sus partes oficiales: el bloqueo petrolero ya duele, las fuerzas están rotas y el mensaje de Radcliffe fue tan claro como un tiro en el pecho: o abandonan el país por decisión propia, o Trump dará la orden de sacarlos por la fuerza en los próximos meses. Ya no hay espacio para el «no negociamos con el imperio». El imperio ha dejado de negociar.

Toca esperar a ver qué sucede en los próximos días. Pero el que haya entendido la jugada sabe que esto no terminará con un comunicado de la Cancillería cubana lamentando la «intromisión imperialista». Terminará con una fecha límite.

Y el director de la CIA no se fue de La Habana con un apretón de manos: se fue con la certeza de que había plantado la semilla del fin.

Lo que viene ahora no son diálogos, sino silencios largos, movimientos nerviosos en el Palacio de la Revolución y, muy probablemente, una última llamada que el régimen no podrá contestar porque el otro lado ya colgó. En el arte de la presión, hay veces que visitar es más letal que bombardear. Y Radcliffe acaba de demostrarlo.

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