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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Hay una regla no escrita que los cubanos aprendemos desde pequeños: si ves a un policía, baja la cabeza. No mires. No te detengas. Y sobre todo, nunca, nunca saques el teléfono para grabarlo. Porque si lo haces, el problema empieza ahí mismo. En la esquina. En tu propia casa. O en cualquier lugar donde un agente de la seguridad del estado decida que su imagen no puede quedar registrada.
Entonces, uno se pregunta: ¿tanto miedo le tienen a un teléfono? ¿Tanto les preocupa que alguien capture lo que hacen, lo que dicen, cómo actúan? Si su trabajo es legal, si sus procedimientos son limpios, si todo lo que hacen está dentro de la ley, ¿por qué ese pánico a ser filmados?
El otro día recordaba el episodio de Díaz-Canel en el Oriente del país. Un ciudadano, seguramente sin mala intención, lo estaba grabando con su teléfono. Y el presidente, el mismísimo jefe de Estado,le preguntó: «¿Me estás filmando para ponerlo en las redes?»
La pregunta, de por sí, ya es reveladora. ¿Qué le importa a un presidente que lo filmen? Los presidentes de otros países son grabados a todas horas, en todos lados, y nadie se escandaliza. Pero aquí, en esta Cuba de las contradicciones, hasta el más alto dirigente se siente incómodo frente a una cámara. Como si supiera que lo que hace no resiste el escrutinio público.
Y no son solo los policías. Son los que trabajan en las tiendas, los que prestan servicios de transporte, los dirigentes de base, los administradores. Todos, en cuanto ven un teléfono apuntando hacia ellos, cambian la cara. Se ponen nerviosos. Amenazan. Intiman. ¿Por qué? Si están haciendo su trabajo correctamente, si no están robando, si no están maltratando, si no están cometiendo abusos, ¿qué les importa que los filmen? El que nada debe, nada teme. Esa frase, tan vieja como la humanidad, parece no aplicarse en este país. Aquí, el que nada debe, lo teme todo. Sobre todo a las cámaras.
La seguridad del estado, esa tristemente célebre institución que ha sembrado el terror durante décadas, es la más celosa de todas. Sus agentes no solo no quieren ser filmados, sino que hacen todo lo posible por no ser identificados. Se mueven entre la multitud con la soltura de quien no quiere ser visto, pero están ahí. Siempre están ahí. Vigilando. Controlando. Sembrando desconfianza. Y claro, no quieren que los capturen en video. No quieren que el mundo vea cómo interrogan, cómo amenazan, cómo desaparecen personas. No quieren pruebas. Porque las pruebas, en un juicio justo, son lo único que vale.
Pero la cosa no termina ahí. El miedo a ser filmados no es solo de los agentes. Es de todo el aparato. De los que mandan, de los que ejecutan, de los que miran para otro lado. Porque saben que cada imagen, cada video, cada testimonio grabado es una pequeña dosis de verdad que se escapa del cerco mediático. Saben que las redes sociales, a pesar de los cortes y las trabas, son el único medio donde los cubanos pueden ver lo que realmente pasa. Y por eso le temen tanto a un teléfono como a una revolución. Otra, no la de ellos, que ya no es.
Si no tienen nada que ocultar, si su actuar es transparente, si sus procedimientos son legales, si todo lo que hacen está en el marco de la ley, entonces no debería importarles que los filmen. Deberían, al contrario, promoverlo. Deberían querer que la gente viera cómo trabajan, cómo se comportan, cómo tratan a los ciudadanos. Pero no. Prefieren las sombras. Prefieren el anonimato. Prefieren que no haya pruebas. Y eso, queridos lectores, es la más grande de las confesiones. Porque el que no la debe, no la teme. Y ellos, definitivamente, la deben. La deben grande. La deben con creces. Y por eso le huyen a las cámaras como los vampiros a la luz.